Todas las entradas de Alberto

Informático. Aprendiz de todo y maestro de nada. Aunque le hayan quitado el descuento por carné joven en la Renfe, piensa seguir considerándose joven hasta que le hagan la tarjeta dorada. Cualquier excusa es buena para salir a recorrer mundo con la bici y los trastos a cuestas. ¿Carretera? ¿Montaña? ¿Paseo? Cualquiera es buena si vas con buena compañía.

Fin de temporada por Náquera con paella y piscina

Pues ya está. Otra temporada más que ha acabado en El Perro Verde BTT. Fuimos pocos los elegidos para la ruta y aún así ésta se cebó con la orientación y la paciencia de alguno que otro. ¡Qué ruta más desconsiderada! Una auténtica hija de ruta. Y es que si lo llego a saber (y esto lo digo aquí que no lo va a leer nadie) me voy directamente a la piscina y la paella, que en verdad era el plato fuerte del día. Os pongo en situación…

Reagrupando en las subidas

Tal y como hicimos el año pasado —con mayor éxito de convocatoria, eso sí— debíamos elegir un track que comenzase y finalizase en Náquera para después comer en el bar de la piscina. A un par de días de la salida nuestro compañero Juan Carlos nos ofreció ir a la piscina de su urbanización, con paella, chiringuito y mucha cerveza. ¡Muy buen cambio, por cierto! Pero si bien la post ruta era muy apetecible, la ruta no tanto. Con la calor de estas alturas del año y con un desnivel de más de ochocientos metros en menos de treinta kilómetros no sabíamos muy bien qué podríamos encontrarnos. Igual era una ruta dura pero rápida, o a lo mejor era impracticable, caen tres pinchazos, una cadena rota, un hostiazo, quince reagrupamientos con extravío de miembros, dos lipotimias y la abuela fuma.

Junto a unos cuantos amigos de Juan Carlos comenzamos a rodar hacia la salida: un camino con una pendiente exagerada que se puede ver desde la variante de Náquera. A partir de ahí, una subida no da tregua durante casi nueve kilómetros. Es la supuesta subida suave de la mañana para la cual llevábamos una hora. Si esta era la suave, para la complicada igual tocaba hacerla andando.

A partir de aquí parece que la senda mejora. ¿Te vas a fiar de mí o de tus propios ojos?
La típica pregunta trampa

Cuando el cuerpo ya se acostumbra a subir, se avecina delante de nosotros la primera bajada por la senda de la Boleta. La primera sensación que tuve al ver el percal fue decir: «No me jodas, esto es una broma ¿no?». Pero no era una broma. Quise quedarme el último para ver si alguien convenía junto a mí que lo mejor era irse y dejar a los demás allí con su masoquismo, que cada cual tiene sus parafilias. La senda era tan estrecha que no cabía el manillar. De todos modos tampoco era un gran inconveniente: estaba tan rota que tampoco hubiera podido hacerla con la bici. Lo peor de todo es que en vez de estar invadida por cañas, donde todo lo más que te puede pasar es que seas alérgico y te escuezan los ojos, era un completo zarzal. Hubiera parado a comer moras, pero estarían regadas por la sangre de ciclistas. Haría bromas comentando que era una senda exfoliante pero no estaba para bromas. Los brazos desnudos se me llenaron de laceraciones como si hubiese soñado con Freddy Krueger. Una espina me atravesó totalmente la piel haciéndome un piercing de batalla y ni siquiera usando la rueda delantera de la bici como escudo pude librarme. Por supuesto, todo aderezado con las consabidas expresiones «esto ya acaba», «a partir de aquí parece que mejora» o la mejor de todas, «esto es la gracia del BTT». Yo no voy de defensor del humor inteligente, que me he reído con chistes de Arévalo, pero la gracia en acabar con los brazos y las piernas en carne viva no la encuentro por ningún lado.

Salir de aquel infierno fue progresivo, pasando poco a poco a ser la senda intermitente. Te subes a la bici, pedaleas treinta segundos (que es poco más de lo que tardo en conseguir calarme) y te toca volver a parar por mil motivos. Ramas invadiendo el camino, más zarzas, una piedra del tamaño de un seiscientos y un largo etcétera.

A los pies de la mola de Segart

Como por lo visto la ruta era corta, nos acercamos a los pies de la imponente Mola de Segart para hacer tiempo y poder hacernos más fotos. A decir verdad, el siguiente tramo mejoró bastante. Una senda bastante sugerente y con un poquito de dificultad, pero nada que no arregle un frenazo a tiempo, o todo lo más, descalar el pie izquierdo. Y cuando todo parecía paz, amor y felicidad, y había dejando de rondarme la pregunta «¿qué coño estoy haciendo aquí?» unas tres veces por minuto, aparece un terraplén que no podía bajarlo ni siquiera andando. Andando sin la bici, quiero decir, porque la bici tuvo que bajarla un compañero… Y por supuesto, mucho más rato andando.

Estas subidas abundan

A mí me encanta salir en bici. En bici. En cambio, odio salir con la bici. Habrá notado el perspicaz lector la sutil diferencia a la que me refiero tras cambiar la preposición. A esas horas de la mañana me sentía tan harto, con tan pocas ganas de seguir haciendo algo que me parecía más un castigo que otra cosa, con tan malas pulgas y para colmo, con la certeza de estar jodiendo la mañana a los demás que sólo tenía una cosa clara: en cuanto pudiera escaparme por una pista, o cruzásemos una carretera yo me volvía a Náquera por la vía rápida. Y el milagro sucedió.

Antes del atraco

A falta de catorce kilómetros para acabar, tras el consabido «pero si ya sólo quedan pistas» que son básicamente una variante del «a partir de aquí parece que mejora» y encima en la otra punta de la Calderona, nos cruzamos con la carretera que sube a Segart. ¡Cómo estaría el percal que consideré subir los casi cuatrocientos metros hasta el Garbí por la carretera de Segart como una escapatoria! No sólo eso, es que además era seis kilómetros más largo que la ruta, pero aún así acabé antes.

Aburriéndome en Náquera llevaba un buen rato cuando por fin me llamaron. Estaban en el restaurante El Salt, a unos tres kilómetros de Náquera. Aunque intentaron adornar un poquito la realidad, entre lo que me dijeron ellos y lo que me dicen sus GPS he sacado las siguientes conclusiones:

  • José Giménez se perdió. Se perdió mucho. Acabó en Estivella. ¡Al final tuvo que traerlo de vuelta en coche su cuñado! Lo cual implicó buscarlo… Sin encontrarlo.
  • Si la subida fácil de la mañana la subimos con las coronas más grandes, efectivamente la subida dura la hicieron andando.
  • Si pararon en un bar a tres kilómetros de Náquera es que no tenían fuerzas ni para dejarse caer por un camino asfaltado cuesta abajo.

A la que fuimos a pagar nos pidieron doce euros por persona. ¡Si ni siquiera pedimos bocadillos! Ya era la segunda vez en la mañana que creía que algo era una broma. Sé que la gente en Internet sólo comenta experiencias negativas, y que hay mucho nuevo-rico-o-como-quieras-llamarle que se las da de sibarita, pero he alucinado al entrar en el tripadvisor del restaurante. La más ajustada a nuestra realidad, sin duda es:

Comida de bar de barrio a precio de lujo

La comida tiene un pase pero no por ese precio, desde luego que no fuimos obligados pero no repetiremos ni aunque nos costase la mitad de lo que pagamos por ello. Poca cantidad en los platos y precio muy elevado para la calidad/cantidad que ofrecen.

Remojándonos en la piscina

Al rato llegamos a la piscina donde nos econtramos con Vicente, Paco y José Vicente. Ahí sí reventamos a puntillas, clóchinas, cerveza, ensalada, chupitos que parecían cubatas y Paella. Si hubiera ido directamente a comer no hubiera tenido el contraste de «con lo bien que me lo estoy pasando y hace tres horas me estaba cagando en todos mis muertos». Y además no tendría de qué escribir hoy. ¡Todo ventajas!

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Descubriendo nuevas sendas de camino a La Rodana

Hoy El Perro Verde se ha ido a subir a La Rodana, una de sus rutas más habituales. Lo que pensaba que iba a ser el típico camino por el fluvial se ha convertido en una nueva aventura, pasando por un montón de sendas que algunos compañeros descubrieron en una ruta nocturna.

Llegando a Carasoles

En cualquier caso, el inicio es el habitual. Tras salir desde la óptica nos adentraremos en el parque fluvial hasta llegar a Manises. Allí empieza la diversión. Con Bruno ya con nosotros pasamos por una senda cercana al polígono de La Cova, que nos guiará junto a caminos y pistas hasta la cantera de Carasoles.

La verdad, no recordaba que se tardaba tantísimo en llegar. Puede que no haber desayunado tenga algo que ver con mi extraña percepción del tiempo transcurrido, porque en realidad hemos llegado bastante pronto. He intentado subir del tirón hasta la cima de la Rodana, pero no he podido. Me he puesto detrás de un hombre de edad respetable que iba a un ritmo similar al mío, pero ni por esas.

En la cima de La Rodana

Al poco de llegar arriba ha subido Tron, que hoy estrena su bici. Queremos creer que aún no está acostumbrado a los nuevos desarrollos y a la ligereza de su flamante adquisición y por eso no ha conseguido llegar el primero. Tras él, Iván y su casi nueva bici ha hecho acto de aparición —¿Aquí todo el mundo estrena bici o qué?— y cerrando el grupo, José Enrique, que ya empezaba a mostrar síntomas de agotamiento. Tras un rato de charla mientras comíamos algo, Vicente y Víctor se han ido con prisa a Casa. ¡Se han perdido lo mejor!

En La Rodana

Salvo que tengas que bajar andando con la bici del manillar, las bajadas siempre son más divertidas que las subidas. O al menos más trepidantes, pero justo después nos han metido por una senda que nos ha llevado al límite. Más arbustos y vegetación la hubieran hecho un suplicio intransitable, pero con menos ramas no hubiera sido tan divertida.

Sorteando escalones entre bancales y pequeñas subidas que parecían dirigirnos a ninguna parte hemos acabado en Riba-roja. El bochorno de la mañana se hacía cada vez más patente y la posibilidad del baño se iba convirtiendo en necesidad.

Baño en el Turia

Esta vez sí, por el parque fluvial, hemos parado en un pequeño remanso a la altura de Masía de Traver. Con las calas y el culote puesto la mayoría de nosotros se ha pegado un remojón en un río al que los valencianos, con la playa tan cerca, no acostumbramos a disfrutar. Fresco en pleno julio y con un caudal y belleza sorprendente para quien sólo conoce su desembocadura: ese zarpazo de hormigón cercado de autovías en mitad de la huerta.

El poco camino que quedaba hasta Valencia ha sido una tortura para José Enrique y para mí. El calor y —en mi caso— el almuerzo claramente insuficiente ha provocado que cada rampita de tres metros se nos antojase un puerto de montaña. Suerte que al llegar nos plantamos con la fuente del parque de cabecera, donde los bidones se tenían que turnar con nuestras cabezas, a un paso del mareo por culpa de tanta calor.

Cinco de nosotros hemos acabado en el bar Durban, donde ya antes de sentarnos hemos pedido dos bebidas por persona. La poca prisa que podíamos tener se ha diluido entre cervezas y una ruta sin incidencias en el que se ha cumplido de sobra el horario ha acabado haciéndonos llegar a casa casi a las tres. Pero, ¿acaso no son estos momentos lo mejor de las rutas?

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De Real al Pico del Ave pasando por La Minga

Ya tenía la bici de montaña aparcada desde hacía meses, así que hoy la he cogido para pasar la mañana con mis amigos de El Perro Verde en una ruta que para un día tan fresquito como hoy me ha parecido muy adecuada: subir sin parar por pistas, por tierra, por piedras, por asfalto o por cemento, sin prácticamente descanso, y luego bajar a todo lo que da el desarrollo de la bici para volver de nuevo a Real por la carretera. No conocía la subida de La Minga, pero es espectacular. Lo suficientemente larga como para que acabes preguntándole a Alicia con insistencia si falta mucho para acabarla como el típico niño que va dando botes en el asiento trasero de un Seat Panda en un atasco durante la operación retorno. Y dura. Tan inclinada que me recordaba en ocasiones a los primeros metros de subida a La Rodana tras pasar la barrera. En esa zona nos hemos encontrado con dos colegas de Bikeportins que nos han acompañado durante unos kilómetros.

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Pisteando al Montemayor

A principios de Abril El Perro Verde BTT realizó una ruta por la Calderona, partiendo desde la localidad de Gátova.
Descanso en la subida
Descanso en la subida
La ruta nada más empezar ya apunta maneras, debiendo subir doscientos metros en poco más de un kilómetro. Pero la verdad es que en un día de frío merece la pena que las rutas comiencen así. Desgraciadamente no es el caso. Hace un día de bastante calor, pese a que a medida que avance la mañana empezará a nublarse hasta el punto de que parece llegar a chispear.
Llegando al Alto de la Calera
Llegando al Alto de la Calera
Tras la primera de las cimas del día se abre ante nosotros una pista perfecta para ir a toda velocidad. Llaneando durante seis kilómetros y luego bajando suavemente hasta el Corral de Mosen Jaime. Es uno de los tramos que más rápidos recuerdo haber recorrido. Tanto que tenía problemas a la hora de guiarme con el GPS puesto que no me daba tiempo a fijarme en los desvíos que hacía la ruta sobre el camino principal. Además había zonas donde en la pista se había acumulado gravilla, lo que daba al momento más intensidad. Una frenada un poco más intensa de lo necesario o una curva trazada demasiado cerrada podían provocar una caída.
Subiendo
Subiendo
Desgraciadamente se acaba la diversión en el kilómetro trece y llega el momento malo del día. Con un calor sofocante, la subida por el Camino del cerro de las Mulas es insufrible. No es sólo que esté demasiado inclinado, que lo está, sino que el firme es demasiado accidentado como para ir cómodo. Y eso no es lo peor de todo… Si en algún momento pones el pie en el suelo vas a estar andando un buen rato hasta encontrar un lugar donde poder subir de nuevo a la bici.
El almuerzo
El almuerzo
Aprovechando la sombra que nos proporcionaba las paredes de un establo en ruinas almorzamos en unos veinte minutos. El Montemayor estaba esperando. Estábamos en la cúspide de la pista, así que llegar hasta la carretera fue muy fácil. En el kilómetro 18 entramos en la carretera CV-245, en el tramo que va desde Alcublas hasta Altura. De todos modos, sólo iremos por ella durante 1.500 metros. ¡Pero vaya tramo! Es una subida constante hasta una pista cementada que alcanza la caseta forestal de la cima, a 1.016 metros de altitud. De hecho, el tramo de cemento hasta la cima se hace de forma bastante más cómoda que la carretera.
En el Montemayor
En el Montemayor
Tras cientos de fotos en la cúspide, toca bajar de nuevo a la carretera para inmediatamente entrar en el Camino de la Murta. Siempre hay imprevistos en todas las rutas, pero esta vez fue de traca. Un hombre que venía con nosotros por primera vez pincha. Lo malo es que lleva una cubierta tubeless. Intentamos inflarla un poco más, pero vemos que puede que siga perdiendo aire, así que decidimos poner una cámara en la cubierta… ¡Pero nos resulta casi imposible destalonar la rueda! ¿Tan bien está pegada?
Arreglando el pinchazo
Arreglando el pinchazo
Cuando por fin conseguimos abrir la cubierta descubrimos con asombro que la rueda ya lleva puesta una cámara, imposible de quitar porque esta pegada a la cubierta. Llegamos a la conclusión que alguna vez pinchó, puso una cámara, se olvidó y ha acabado por fusionarse con la cubierta. Imposible. No logramos quitarla. Volvimos a dejarla como estaba, inflamos y sólo nos quedó en confiar que el líquido antipinchazos funcionase. ¡Qué menos que saber que ruedas llevas!
Cerveza tras la ruta
Cerveza tras la ruta
Y para colmo, muy poca distancia después, Víctor sufrió una aparatosa caída que le provocó varios roces por todo el cuerpo, especialmente una herida bastante aparatosa en la pierna. La cubrimos con varios apósitos y algo de venda, pero dolorido como iba aún quedaban diez kilómetros para llegar a Gátova. Por supuesto, entre tanto contratiempo y la caída de Víctor, la última parte de la ruta, la subida al pico del Águila no la hicimos. Pero salió una ruta bastante apañada de 37 kilómetros.

Valoración de la ruta

La ruta no tiene dificultad técnica alguna. Todo son pistas en perfectas condiciones, excepto en algunas cuestas localizadas en el camino de las Mulas donde directamente tuvimos que subir algún pequeño tramo andando debido a que no podíamos con la pendiente. Podríamos decir que es una ruta ideal para gente que empieza a ir en bici de montaña y tiene buena forma pero poca técnica, o habituales de la carretera que quieran salir un día del asfalto. Sigue leyendo la crónica

Chelva y el puente invisible

En mitad de una pista
En mitad de una pista
Hace escasas semanas varios integrantes de El Perro Verde BTT se fueron a pasar la mañana del sábado a Chelva.
Parados
Parados
Pese a ser Abril, de buena mañana continúa haciendo bastante frío. Ya se puede ir con las piernas al aire, pero la parte de arriba es fundamental llevarla cubierta. Un cortavientos hace su papel hasta que la mañana avanza lo suficiente. A primera hora el frío en la serranía llega a un nivel que aprovechando el mercadillo de la plaza del pueblo, Damián se compró una braga en un puesto dado que la suya se le olvidó en casa. La ruta ya empieza con problemas. El cable del desviador de mi bici decide destensarse por completo dejándome con el plato pequeño para todo el día. Pero Juan consigue salvar la situación con un poco de maña. Además del desviador también se rompe la funda del cable del bloqueo. Todo un misterio. Arreglado el percance, la ruta continúa con una implacable subida hasta el puesto de vigilancia forestal de El Cerillar.
En la caseta del forestal
En la caseta del forestal
Cuando llegué el primero a la cima, lo primero que hice fue subir encima del hito geodésico, intentando ver desde más allá de la cumbre. La vista es preciosa, viendo a tus pies el embalse de Benagéber e incluso la vista alcanca a ver Tuéjar a lo lejos. Pero una de las vistas que más alegraban la situación la teníamos bien cerca, puesto que la caseta del forestal tenía un precioso refugio para dejar el todoterreno. Techado, sin puerta y bien a resguardo del frío y del viento que asolaba la montaña. A la hora de bajar de allí empezaron de verdad los problemas. Debido a la tala de los árboles abrasados por culpa de un incendio anterior, la senda que debíamos bajar estaba cubierta por enormes troncos carbonizados. Pasar en bici ya era casi imposible, pero las ramas hacían que incluso pasar con la bici cogida al hombro ya fuera una proeza.
Gincana
Gincana
Tomar atajos en la empinada ladera era un acto de irresponsabilidad, ya que el terreno no era muy allá ni siquiera andando, y la caída podía ser muy dolorosa. A duras penas poco a poco fuimos bajando hasta la pista. Adrián hacía tiempo que ya había bajado. Posiblemente ese día acabó harto de esperar. La ruta continuaba por varias pistas hasta que llegó uno de los momentos especiales del día: el paso por el puente sobre el río Tuéjar. Tras su cruce, una nueva pista con buena pendiente nos recibía para salir del valle del río. Tomé la delantera llevando Óscar detrás en todo momento. Cuando me dí cuenta aceleré más intentando dejarlo atrás. Óscar lejos de picarse esperó de forma paciente, prácticamente a rueda. Cuando quise dejarlo atrás y subí un par de coronas, él aceleró y tras una curva cercana se acercó a nosotros una cuesta aún mayor. Mientras yo me atasqué y tuve que cambiar de marcha muy despacio él me adelantó a toda velocidad. ¡Ganó!
Puente sobre el Tuéjar
Puente sobre el Tuéjar
Cuando ya faltaba poco por llegar, hubo un momento en que la cagada fue asombrosa. Ya estábamos cansados y el camino indicaba un estrecho y empinado vericueto entre las paredes de una cochambrosa construcción. Mientras Juan, Adrián y yo bajamos, el resto, perdido, decidió que ya estaban lo suficientemente cansados como para volverse a Chelva, que se veía a simple vista a poco más de un kilómetros. Ellos tiraron por una pista hasta el pueblo. Nosotros por una senda que se adentraba en el valle del río.
A mitad ruta
A mitad ruta
Pero tan felices que nos la prometíamos cuando el track se va directo al río. Un cauce ancho, profundo y con el agua congelada. Además, aunque hubiese hecho un día adecuado para un chapuzón, el plan era complicado porque el agua estaba a un escalón de más de un metro de alto. Tras mucho buscar un camino alternativo con la bici al brazo en mitad de la nada, decidimos volver para ir directos al pueblo como los demás. El problema era que la única forma fácil era subir con la bici al hombro varios y estrechos bancales que hubieran hecho las delicias de un practicante de parkour. Por supuesto este tramo se ha borrado del track.
Cerveza de final de ruta
Cerveza de final de ruta
Realmente no perdimos tanto tiempo. Llegamos si acaso diez minutos más tarde que los demás. Eso sí, fueron diez tensos minutos que se hicieron tan largos como una mañana entera. Menos mal que la llegada a Chelva es en su mayor parte una demencial bajada hasta la zona de acampada del río. Bueno, después queda subir una cuesta del 10% hasta la plaza del pueblo, pero eso es otra historia.

Valoración de la ruta

Si algo se le puede achacar a esta ruta, es accidentada. La bajada desde la caseta del forestal, un completo infierno de troncos quemados. Luego perdidos en mitad del cauce… Y lo cierto es que la ruta muy variada no es que sea. Sin embargo el hecho de estar subiendo durante los primeros kilómetros al más puro estilo Higueruelas hacen que sea una delicia para los biciescaladores. Sigue leyendo la crónica

La ruta de Monserrat en bici para ir y volver

El pasado sábado algunos integrantes de El Perro Verde BTT volvimos a Monserrat a hacer su ya conocida ruta por la zona, pasando por Masía Pavía y por Cortichelles.
En Cortichelles
En Cortichelles
La ruta está bastante vista, pero tiene momentos bastante interesantes, como toboganes, rampas que hay que subir con un gran impulso —mucho cuidado con la última—, pequeñas sendas entre la vegetación y un barranco…
Durante el almuerzo
Durante el almuerzo
Teniendo en cuenta que la ruta es corta, hubo una pequeña avanzadilla formada por Óscar, Suso, Quique y por mí que fue pedaleando hasta el punto de salida. Y luego a la vuelta, para quedarnos totalmente saciados de Bici, una subidita a Calicanto nunca viene mal. ¡Lástima que Óscar a la vuelta no vino! Se perdió una buena subida en mitad del calor de mayo… Pero acompañado por unas bravas y otra cerveza.
Rotura de eje
Rotura de eje
Por lo general fue extraño la rapidez en acabar. Pese a que hubo pérdidas, averías y deshidrataciones salvadas en el último momento gracias a la generosidad de una vecina, mucho antes de lo esperado ya estábamos de vuelta en Monserrat recuperándonos a la sombra del rigor del calor del mediodía. Sigue leyendo la crónica

Visita a la Calderona por l’Abella, Tristán y el camino de Campillo

Muchas veces pasa que planificas una ruta y luego resulta otra totalmente distinta. Este sábado pasó algo parecido.
PropuestaRealidad
Ruta de 57 kilómetrosRuta de 46 kilómetros
11 kilómetros menos
1.250 metros de desnivel950 metros de desnivel
300 metros menos
Acabada en cuatro horas y cuartoAcabada en tres horas
Una hora y cuarto menos
Observando la ruta descubrimos una senda nueva, de aproximadamente 1.400 metros antes de llegar al mirador de l’Abella. ¿Mereció la pena? Dejemos que los comentarios hablen. Sigue leyendo la crónica

La ruta de Navajas: con el tiempo en los talones

Saliendo
Saliendo
Hará cosa de un mes nos fuimos a hacer una marcha por la localidad de Navajas. Además la hicimos el día antes de la marcha oficial, que lejos de ser una ventaja —por aquello de tener las sendas un poco adecentadas y demás— a mí la verdad es que me daba un poco de vergüenza torera cuando pasábamos por delante de los voluntarios que estaban dando los últimos retoques al circuito.
Tras pasar la autovía
Tras pasar la autovía
Pese a ser ya mitad de Abril y hacer un tiempo apetecible para rodar de manga corta, la verdad es que a primera hora hacía un frío de mil demonios. Parece que los que planificaron el trayecto «que están en todo» lo sabían, así que nada más empezar toca subir una rampaza que sube 250 metros durante casi cinco kilómetros. No tendría problemas en que una marcha BTT empezase con una rampa delirante —normalmente empiezan así— pero tan pronto, cuando aún el pelotón no se ha dispersado lo suficiente no puedes poner una subida con un firme tan malo y en una pista tan estrecha. ¡Como un paquete se atranque en un bache y haga perder puestos a los que van de pros igual hay hondonadas de hostias.
Reparando la bici
Reparando la bici
Pese a que el desviador de la bici de Óscar ya había dado problemas, no fue nada comparable con lo que nos estaba esperando. En los últimos estertores de la subida, que ya es mala suerte, Rafa tuvo la misma avería que ya le pasó cuando fuimos al embalse de Benagéber. La cadena se metió atascó entre la corona grande y los radios de la rueda. Gracias a que Rafa llevaba unos alicates enormes y puntiagudos que hubieran sido el arma perfecta de un quinqui de los ochenta, y a la paciencia infinita de Jorge que sudó cada eslabón que conseguía liberar finalmente no tuve que irme con Rafa andando de vuelta al pueblo.
Cruzando el Palancia
Cruzando el Palancia
Cuando la subida acabó la situación no mejoró demasiado. Bajar 150 metros con un desnivel que prácticamente no podía bajarse a pie en una senda de tierra suelta no es lo que considero un buen inicio de ruta. Cuando los demás ya estaban cansados de esperar llegué con Damián y lo cierto es que tras la decepción inicial y el temor que me entró —si todo iba a ser así, yo dimito— la ruta mejoró mucho. Muchísimo. Sendas largas y estrechas, rápidas pero con tramos bastante revirados unidas mediante pistas de trazado limpio. Suponemos que los organizadores preveían una marcha rápida y compacta, porque en ocasiones, en mitad de las pistas habían carteles advirtiendo de los peligros de las curvas que venían a continuación. Ese peligro sólo se entiende si entran a más de cincuenta kilómetros por hora veinte o treinta ciclistas de golpe intentando hacerse con la copa del meao.
Pinchando ruedas
Pinchando ruedas
Al cruzar de nuevo la autovía nos merecíamos un pequeño descanso pedaleando por la vía verde de Ojos negros. Así damos comienzo a una nueva fase de la marcha que empieza con pinchazos y más averías. El frío de buena mañana ya se había convertido en un calor que empezaba a agobiar y los bidones de agua estaban bajo mínimos, pero por suerte pasamos por la urbanización Fuente de los baños. Con ese nombre, raro sería que no hubiese una fuente. La había, pero oculta, tras bajar una escalera en la orilla del Palancia.
Fuente de los Baños
Fuente de los Baños
Ya sin Juan Lozano, que se había vuelto de nuevo a Valencia, continuamos por zonas pisteras de grandes desniveles. Y como parece que por norma todas las marchas tienen que acabar en una gran subida, ahí teníamos la nuestra. Cuando quedaba poco para llegar al Salto de la Novia vimos carteles que advertían de una pendiente prolongada. Bien hicieron en advertirlo, que Jorge y yo tomamos la delantera y pese a ir a buen ritmo tardamos nueve minutos en hacer un único kilómetro. Pero el esfuerzo tuvo su recompensa en una senda final que nos quitó el cansancio.
Salto de la Novia
Salto de la Novia
Una fugaz visita al paraje del Salto de la Novia, infestado ya a esas horas de domingueros cargados con toda clase de bártulos marca el final de la ruta y posterior entrada a Navajas, donde nos tomaremos una cerveza acompañado de sal con cacaos en la plaza donde un espectacular Olmo nos daba algo de sombra.
Olmo de Navajas
Olmo de Navajas

Valoración de la ruta

La verdad es que los ocho primeros kilómetros de ruta son como para salir corriendo sin mirar atrás y no volver jamás. Duros, incómodos y —al menos para mí— peligrosos. Sin embargo, lo que viene a continuación parece una ruta distinta. Largas sendas, pistas muy veloces y algún que otro momento que pese a ser algo técnico, no entraña demasiado peligro. Sigue leyendo la crónica

Ruta por Villar e Higueruelas

Desgraciadamente la ruta de Villar tuvo muy poca asistencia. Christian, Juan Lozano y Luis. Quizás la distancia, quizás la dificultad técnica, quizás los compromisos de la gente… Sin embargo los 37 kilómetros se han rodado en tres horas y 40 minutos. No sé qué pensar. Quizás la ruta sea fácil y por eso se ha acabado en tan poco tiempo… O puede ser que realmente para «la élite» que fue a la ruta, hacer ese tiempo significa que es realmente difícil, ya que conociendo el ritmo al que van, parece demasiado. Sigue leyendo la crónica

Cruzando la Calderona hasta visitar la Morruda

En febrero, un domingo salimos a rodar lo que el sábado no pudimos a causa del viento. La Morruda, el milenario árbol situado en el término municipal de Segorbe es nuestro objetivo. Pero realmente es una excusa como otra cualquiera para cruzar la Calderona teniendo una meta en la cabeza. No íbamos a ser muchos. Sólo íbamos José Vicente, Juan Lozano, Vicente, Damián y yo, pero era un día en los que piensas que sólo puede quedar uno. A las primera de cambio, antes de dejar atrás el cuartel de Bétera, Damián tuvo un descuido y sufrió una caída aparatosa aunque sin consecuencias graves. Eso sí, le mandó junto a Vicente de vuelta al metro. Ya sólo quedábamos tres. La primera de las subidas es bastante dura y José Vicente tenía un día malo. Constipado y flojo. Como esto siga así voy a acabar sólo, como en la novela de los Diez Negritos. Ya toca esperar en las primeras cuestas, pero tras un descanso para almorzar parece que se va recuperando… Aparentemente. Un mensaje a Damián confirma que está de nuevo en casa y que los daños eran menos de los esperados. Tras coronar Peñas Altas y Tristán emprendemos una bajada veriginosa por la cara norte de la sierra hasta llegar al árbol, meta del día.
Juan en la Morruda
Juan en la Morruda
José Vicente en la Morruda
José Vicente en la Morruda
De nuevo a subir, esta vez por el Camino de Tristán. Lo malo es que al llegar a la cima decidimos coger una senda rota a decir basta en la que se baja fatal, con dolor de manos y de tanto bote perdí hasta el bidón de agua. En un momento se vuelve de nuevo ala pista del aparcamiento de Porta Coeli. En un rato estaremos en Bétera. Ya que hemos llegado hasta aquí, que menos que volver a Valencia pedaleando. En un rato estaremos de nuevo en casa.

Valoración de la ruta

La ruta tiene unas subidas destacables y recuerdo divertirme mucho en la bajada hacia la Morruda. Eso sí, la bajada desde Tristán la recuerdo, pero para mal. Sigue leyendo la crónica