Archivos de la categoría Crónicas

Crónicas de las rutas de El Perro Verde BTT. Con fotos, tracks, vídeos, etc.

Ruta por Villar e Higueruelas

Desgraciadamente la ruta de Villar tuvo muy poca asistencia. Christian, Juan Lozano y Luis. Quizás la distancia, quizás la dificultad técnica, quizás los compromisos de la gente… Sin embargo los 37 kilómetros se han rodado en tres horas y 40 minutos. No sé qué pensar. Quizás la ruta sea fácil y por eso se ha acabado en tan poco tiempo… O puede ser que realmente para «la élite» que fue a la ruta, hacer ese tiempo significa que es realmente difícil, ya que conociendo el ritmo al que van, parece demasiado. Sigue leyendo la crónica

Cruzando la Calderona hasta visitar la Morruda

En febrero, un domingo salimos a rodar lo que el sábado no pudimos a causa del viento. La Morruda, el milenario árbol situado en el término municipal de Segorbe es nuestro objetivo. Pero realmente es una excusa como otra cualquiera para cruzar la Calderona teniendo una meta en la cabeza. No íbamos a ser muchos. Sólo íbamos José Vicente, Juan Lozano, Vicente, Damián y yo, pero era un día en los que piensas que sólo puede quedar uno. A las primera de cambio, antes de dejar atrás el cuartel de Bétera, Damián tuvo un descuido y sufrió una caída aparatosa aunque sin consecuencias graves. Eso sí, le mandó junto a Vicente de vuelta al metro. Ya sólo quedábamos tres. La primera de las subidas es bastante dura y José Vicente tenía un día malo. Constipado y flojo. Como esto siga así voy a acabar sólo, como en la novela de los Diez Negritos. Ya toca esperar en las primeras cuestas, pero tras un descanso para almorzar parece que se va recuperando… Aparentemente. Un mensaje a Damián confirma que está de nuevo en casa y que los daños eran menos de los esperados. Tras coronar Peñas Altas y Tristán emprendemos una bajada veriginosa por la cara norte de la sierra hasta llegar al árbol, meta del día.
Juan en la Morruda
Juan en la Morruda
José Vicente en la Morruda
José Vicente en la Morruda
De nuevo a subir, esta vez por el Camino de Tristán. Lo malo es que al llegar a la cima decidimos coger una senda rota a decir basta en la que se baja fatal, con dolor de manos y de tanto bote perdí hasta el bidón de agua. En un momento se vuelve de nuevo ala pista del aparcamiento de Porta Coeli. En un rato estaremos en Bétera. Ya que hemos llegado hasta aquí, que menos que volver a Valencia pedaleando. En un rato estaremos de nuevo en casa.

Valoración de la ruta

La ruta tiene unas subidas destacables y recuerdo divertirme mucho en la bajada hacia la Morruda. Eso sí, la bajada desde Tristán la recuerdo, pero para mal. Sigue leyendo la crónica

Las salinas de Manuel entre aguijones y espinas

Saliendo
Saliendo
Hace unas semanas nos fuimos a la localidad de Manuel para hacer, guiados por Xuso, una ruta por el paraje conocido como las salinas. En un principio la ruta era corta y el desnivel, nada del otro mundo. Creíamos que acabaríamos pronto. Que todo saldría rodado —nunca mejor dicho, yendo en bici— y que no muy tarde habríamos acabado. Nos equivocamos.
Estación
Estación
Vicente, Damián y yo llegamos en tren al pueblo mientras los demás ya nos estaban esperando. Las diez paradas hasta llegar se hacen bastante largas, así que cuando llegamos al menos yo tenía ganas de desayunar de nuevo, pero no podíamos esperar. Tras un pequeño paseo por la carretera hasta llegar al pueblo, salimos directos a la aventura. En un principio todo llamaba al optimismo. Sendas fáciles, pistas… Cuando de repente nos encontramos con subidas prácticamente imposibles de escalar montados. Cuando ya estaba mejorando la situación, de repente pinché. Basta que pases meses sin tener averías para que de repente en un mes pinches cinco veces. ¡No pasa nada!
Font Amarga
Font Amarga
A la fuente amarga llegamos ya bastante cansados debido a que nos equivocamos de camino y tuvimos que deshacer un buen rato de camino. Por supuesto, cuesta arriba. Y en vez de beber del agua de la mochila, que ya empezaba a estar caliente, decidí probar de la fuente que salía algo más fresquita. Desgraciadamente el nombre le venía al pelo y aquel líquido cumplía los requisitos de incoloro e inodoro, pero no de insípido. Era como beber el líquido para evitar que los niños se muerdan las uñas. Ya se acercaba cada vez más la hora de almorzar y nos encontraríamos con Jorge y Andrés, que habían salido antes. Tras tomarnos el refrigerio mientras nos hacíamos fotos luciendo las nuevas equipaciones la ruta nos mostró, definitivamente, su cara más agresiva.
Almuerzo
Almuerzo
Nada más salir percibimos un zumbido entre la vegetación. No, no podíamos decir que «quizás sea la corriente que está volviendo» como en Parque Jurásico. Eran abejas. Montones de abejas. Venían de las colmenas que estaban a escasos metros junto al camino. Una picadura de abeja es dolorosa, pero si encima eres alérgico el asunto toma un cariz preocupante. Y ahí estaba Suso para demostrarlo. Los cascos con redes antiinsectos son algo más caros, pero muy recomendables. Quizás José Vicente llevase Urbason en el botiquín, pero sin él, hasta llevar unas tiritas es algo inusual.
Sendas
Sendas
Siguen las rampas. Pero rampas de las que cuestan subir con la bici. Me explicaré mejor. Cuesta subirla con la bici a cuestas. Tuve la suerte de tener detrás a Jorge que me ayudó a subir una de ellas en la que a punto estuve de caer rodando. ¿Y qué decir de un paso subterráneo bajo la autopista completamente inundado? Al menos el día era muy propicio para mojarse. Pero lo que más me fastidió de todo fue la vegetación que cubría las sendas hasta el punto de hacerlas demasiado estrechas. Además no eran precisamente margaritas o nenúfares, sino zarzas con unas espinas que se encargaron de estrenar las mangas del maillot nuevo.
Desde la ermita
Desde la ermita
Pero afortunadamente todo eso se acabó, dando paso a las subidas a las antenas de la Cruz de la Fe Viva —me fascina ese nombre— y a la ermita de Santa Ana. Desde allí, todos pudimos contemplar unas tremendas vistas de toda la comarca. Excepto Vicente, que se quedó abajo recuperándose del tremendo esfuerzo que hizo subiendo hasta arriba por un camino increíblemente empinado, donde el molinillo se quedaba muy corto para subir. Tras la bajada de la ermita Andrés pinchó su rueda trasera y al esperarnos para inflarla y salir del paso nos separamos un poco. De este modo nos perdimos la última que nos tenía preparada la ruta. Suso se cayó en un hoyo que había en una senda. Golpe y radios doblados incluídos.
Fin de ruta
Fin de ruta
Y para acabar la jornada, como si de una peli de acción se tratase, tuvimos que atravesar un camino de propiedad privada para llegar de nuevo al pueblo. Pues justo ahí la rueda de Andrés volvió a desinflarse. El guardia hizo amago de presencia y no le iba a temblar la mano a la hora de soltar a los perros… Pero llegamos bien. Y pudimos tomarnos unas cervezas antes de volver de nuevo a la estación. ¡Qué menos ante una ruta que tanto nos puso a prueba!
Desde la ermita
Desde la ermita
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Agotadora ruta por Llíria y Pedralba

Llegando en el metro
Llegando en el metro
El pasado fin de semana, en mitad del puente, decidimos hacer una ruta cerca de Valencia, a la que se pudiera ir en metro. Se lo propusimos a Juan Moya y nos trazó una saliendo de Llíria, pero que consistía en más de 55 kilómetros. Con el calor tan tremendo que empieza a hacer no nos quedó otra que quedar antes de la hora habitual, así que a las 7:20 ya estábamos allí tras un viajecito de 50 minutos en el tren. Pese a ser un fin de semana con escasas expectativas de asistencia, acudieron compañeros que hace mucho tiempo que no vienen, como José Antonio, Luis o Christian. Y también volvió Raúl, al que ya conocimos en la ruta de Gátova.
Arreglando los frenos
Arreglando los frenos
Nada más salir, problemas con la bici de Suso. Le rozaban los discos de freno de una forma tan exagerada que dolía la cabeza al ponerse a su lado. Parecía una sinfonía de gatos raspando sus uñas en una pizarra. Sus comentarios de que va a coger la bici y la va a lanzar desde la ventana esperemos que sean mentira. Si no, me voy con la tienda de campaña a acampar en el parque de enfrente de su casa y nada más caiga, a por ella. Para entrar en calor —que en mayo desgraciadamente ya no hace falta— subimos a las ruinas de la Ermita de Santa Bárbara. Desde allí, bajando por una escalera que sorprendentemente se podía bajar perfectamente montado, comienza lo que es realmente la ruta.
Ermita de Santa Bárbara
Ermita de Santa Bárbara
Las sendas son variadas y las hay de varias dificultades. Las habían que no entrañaban dificultad alguna, las que superaban con problemas puntuales, las que hacía apoyando el pie como si fuera en un patinete y por último, las que me tocó hacer andando. Eso siendo yo. El resto del grupo sólo distinguió dos tipos de senda: las sendas muy fáciles y las «¿Ah? ¿Ésto era una senda? No lo había notado». Yo tenía el día perro, y no verde precisamente. Estaba retrasando mucho al grupo. Si me pongo detrás, mal, porque todo el mundo me tiene que esperar. Si me pongo delante, peor, porque además de tener que esperarme, me tienen que adelantar. Así que aprovechando el parón provocado por un fallo mecánico en la bici de Raúl tiré yo solo hacia adelante. Si llego a saber que iba a abandonar la ruta me hubiese despedido. Y como no, nuestro amigo amigo Murphy llegó entrando por la puerta grande. Salgo adelantando porque estoy retrasando mucho a la gente por las sendas y me paso diez kilómetros sin ver ninguna. Cuando llegué a la senda de la Cañada de Felipa casi que me apetecía. Y encima era asequible.
Que digo yo que si se han parado a almorzar al menos me enviarán un mensaje
—Alberto, confía en Dios y corre.
Estaba muy cerca de Pedralba pero el resto no daba señales de vida. «Que digo yo que si se han parado a almorzar al menos me enviarán un mensaje». Lo pensaba, pero con el hambre que tenía mi lado desconfiado insistía en malmeterme la idea de que lo más probable es que hubiera habido un motín en el grupo, ciscándose en la idea original de almorzar cerca del Túria y parando. Justo en las últimas subidas antes de llegar a Pedralba, cuando ya estaba a una cima de sacar el móvil para llamar a ver dónde estaban, me adelantó Juan Lozano mientras yo estaba subiendo… ¡Andando! Cansado es poco. Al ver que Suso había pinchado me quedé ayudándolo a cambiar la rueda. Era la excusa perfecta para descansar un poco, porque yo de mecánica lo único que sé es que la rueda gira, el cambio cambia y el desviador desvía.
Almorzando
Almorzando
Tras perdernos un rato por Pedralba al fin paramos a almorzar. Y veo que algunos dejan la bici y se sientan… ¡En una pequeña losa de hormigón al lado de una gasolinera! ¡Y el resto que se apañe! ¡No, no y no! ¡Por ahí sí que no! Vale que siempre almorcemos tirados en mitad del bosque. Que ni nos molestemos en buscar una sombra. Que el asiento más cómodo sea una raíz infestada de hormigas. Que ni siquiera paremos en el centro del pueblo sino a las afueras no sea que algún disidente entre a un bar a pedir una bebida fría en un día de poniente. Pero una cosa tenía clara, ese día antes me iba a almorzar por mi cuenta que comer tirado en el suelo, así que Suso y yo salimos para sentarnos en los bancos de la fuente de la Canaleta que hay cerca del puente sobre el Túria. Y mira tú por dónde acabó viniendo el resto. La segunda parte de la ruta empieza cruzando el Túria sobre una estrecha y bonita pasarela metálica que no inspira confianza alguna y con una temperatura asfixiante que con el estómago lleno parece que afecte todavía más. Algunas subidas y bajadas más adelante nos topamos con el desvío marcado en el track como octava senda. Juan nos avisó de que ya la recorrió una vez y aquello era insufrible, así que seguimos por la pista y ya nos encontraríamos con los demás. No sé como sería aquello que la mitad ni volvieron a aparecer.
Y ahora os estais preguntando… ¿Una ruta de Juan Moya sin momento «bici al hombro»?
—Preguntas retóricas.
Y ahora os estais preguntando… ¿Una ruta de Juan Moya sin momento bici al hombro? El día de Vall d’Uixó, la subida a la cima. El día de Mijares, los dos cortafuegos… Pues como dicen cuando televisan la lotería de Navidad, el premio gordo se ha hecho esperar y con más de cuarenta kilómetros a las espaldas nos tocó subir varios bancales que desembocaban en… En la nada. Había una senda, pero bien escondida tras millones de rastrojos. En esos momentos siempre me hago dos preguntas. La primera, qué cojones hago aquí. La segunda, si yo estoy mareado del cansancio y del calor, ¿cómo estarán nuestras jovenes promesas del club, con cincuenta tacos o más?
Poses épicas
Poses épicas
Afortunadamente ya sólo quedaban caminos vecinales hasta llegar a Villamarchante y ahí volvió un poco la cordura y se decidió volver a Llíria por el arcén de la CV-50. Me puse a seguir a Víctor a rueda —como si a trece por hora sirviese de algo— y a las dos menos cuarto ya estábamos tomándonos una cerveza en el bar de la estación. Sigue leyendo la crónica

Onda, buscando los límites de lo ciclable

Font de Montí
Font de Montí
En marzo el grupo de El Perro Verde BTT se desplazó hacia el norte, hasta la ciudad de Onda, para realizar una ruta acompañados por los que serían nuestros guías, Esteban, Borja y Eliseo, de Malalts BTT. Una ruta que sería recordada especialmente por sus momentos acuáticos. Tras encontrarnos en el cementerio de Onda —lo cual ya era una señal— y presentarnos, fuimos esperando a que viniesen llegando los demás. Al final salimos más cerca de las nueve que de las ocho. De todas formas tampoco deberíamos preocuparnos. Según nuestros anfitriones la ruta se acabaría en unas tres horas y media, y además todo eran pistas y sendas muy sencillas.
Into the wild
Into the wild
Los primeros metros fueron de contenida alegría. Subiendo por asfalto y pistas. Bueno, algún que otro tramo de barro debido a las lluvias, pero nada que nos tenga que preocupar… Por ahora. Y es que la primera de las sorpresas era que la primera senda —aunque a mí me parecía una trialera—, larga a decir basta era en realidad el cauce de un pequeño riachuelo y estaba totalmente inundado. Al principio trampeábamos como buenamente pudimos la situación, intentando poner los pies en los márgenes a la hora de parar. Poco futuro tenía. Al final nos tocó ir andando, con el agua hasta los gemelos. Al menos el día era suficientemente caluroso para que no importase mojarse.
Comenzando la mañana
Comenzando la mañana
Tan lento y malo soy bajando que me quedé el último. Recuerdo perfectamente como me adelantaron los anfitriones, me adelantó Damián, Óscar, Andrés… Así que cuando salimos de la senda y no encontrábamos a Andrés me extrañó que se hubiera quedado atrás. Me hubiera dado cuenta, ya que adelantar a alguien en mis condiciones me resultaría tan asombroso que me acordaría. Lo que pasaba es que había tirado adelante. Y siguiendo con los contratiempos, en un escalón considerable Miguel se pegó un traspiés que volcó, bici incluida llevándose un golpe en la pierna considerable y magulladuras por todo el cuerpo. No percibió la altura hasta que ya estaba pasando y quiso parar. En ese momento lo poco que puede hacerse para evitar la caída es llevar el cuerpo hacia atrás y no frenar, pero instintivamente tus manos optan por apretar los frenos como si no hubiese un mañana.
Cerveza al final de ruta
Cerveza al final de ruta
Paisajes
Paisajes
Y como lo de pasar un riachuelo no era suficiente, ahora tocaba cruzar un río que venía cargado con todo el caudal de las últimas lluvias. Pese a cruzar por un paso elevado, el nivel del agua superaba los bujes de las ruedas. Además no se veían los lindes del puente, que parece que ni tan siquiera tenía pretiles. Un despiste, un pequeño traspiés y hubiéramos caído, bici incluida río abajo. ¡Estas cosas se avisan! Tras el abandono de Miguel decidimos parar a almorzar en mitad de un camino, ya que últimamente ni siquiera buscamos la sombra, no sea que nos aburguesemos o algo. El calor aprieta, el bidón de agua parece un sopicaldo y aún queda mucho por delante.
Por Tales
Por Tales
Pasamos por Tales para refrescarnos en su fuente. Desgraciadamente nos despistamos y el grupo se separó. Pese a llevar walkies y móviles no hubo manera de contactar, así que sólo unos pocos conseguimos llegar a la Font de Montí, que rebosaba por todos lados. Era el día perfecto para tirarse de cabeza a chapotear. El último tramo hasta llegar de nuevo al punto de partida era una senda rota y con bastante mala vaina. Pude haberla evitado, pero estaba tan agotado que pronuncié la mítica frase: «Aquí hemos venido a jugar». La consecuencia se puede adivinar. Mientras el resto ya había llegado a Onda, yo estaba a mitad de camino con la bici del brazo, harto y superado por todo.
A punto de salir
A punto de salir
Y al llegar por fin al cementerio nos encontramos con el grupo de desaparecidos… Pero claro, ellos también pensaban que nosotros éramos los desaparecidos. Y como si del mundo al revés se tratase, mientras yo estaba superado por una ruta que me había vencido por completo y de la que gustusamente me hubiese escapado del último tramo, Rafa mostraba un cabreo de no te menees por haberse perdido el último tramo y haber tenido que volver a Onda antes de tiempo a beber cerveza en un bar y comerse a la sombra un bocadillo de los que se recuerdan. ¡A la próxima intercambiamos los papeles! Sigue leyendo la crónica

Subiendo de improviso a Calicanto

¿Qué hacemos el lunes de San Vicente? ¿No apetece ir a algún sitio cerca? ¿Por qué no algo sencillo, como una escapada por la zona del Monte Picayo, o a Calicanto? Perfecto. Una ruta por Calicanto en la que volvemos del revés todos los tópicos de las rutas de El Perro Verde. Lugar cercano, copioso almuerzo en un bar, subida rápida, sin contratiempos y de vuelta temprano. Allá que fuimos Suso, Víctor, Rafa, Damián y yo. Además contactamos con Raúl para almorzar juntos. Aún está recuperándose de la lesión del hombro, pero parece que ya planea comprarse una nueva bicicleta y salir con nosotros cuando la rehabilitación avance. Tan pronto volvimos, que los que teníamos ganas de más aún nos dio tiempo incluso para ir hasta Cullera con la bici de carretera. ¡Un día en el que dio tiempo a todo! Sigue leyendo la crónica

Rodanas bajo la lluvia

Aunque el pasado sábado en teoría teníamos preparada una ruta por Vallada, el tiempo no hacía nada recomendable salir hasta allá. No es lo mismo hacer una ruta saliendo de casa y que te llueva a mitad de camino, a que se ponga a llover a una hora en coche de casa. Además, en este caso, las páginas de previsión meteorológica eran totalmente claras y unánimes. Tormentón, y más de cara a la hora de comer. Pero no me apetecía quedarme en casa. Echo muchísimo de menos las rutas de varios días recorriendo Cuenca, o Teruel, con todos los trastos en el portapaquetes, durmiendo tirados en el suelo de un polideportivo, y sobre todo, sin escapatoria a las inclemencias del tiempo. Si un día te despertabas en Carboneras de Guadazaón con el plan de llegar a Cuenca y de pronto comienza a diluviar, no te queda otra. Cargas las alforjas, les pones el cubrelluvias, tu chubasquero, los guantes de plástico, te envuelves las calas en bolsas de supermercado y… ¡Hala! ¡A rodar! Nadie te va a llevar en coche, ni va a aparecer un autobús mágico. Evidentemente nadie saldría de casa con la bici de carretera si avecina tormenta, ni para rodar por zonas de montaña complicadas… Pero ir por pistas y carreteras vecinales es divertidísimo. Le da un toque sufrido y épico. La satisfacción por finalizar el trayecto se multiplica con metafóricas heridas de guerra en forma de barro, reconfortante ducha templada y nuevas aventuras vividas. Así que la lluvia, lejos de detenerme, me incitaba a salir con más ganas… Y pocos caminos pisteros y cercanos a Valencia podremos encontrar como el ascenso a las Rodanas. Pero nadie me acompañará, porque en cuanto se oye la lluvia, los ciclistas huyen despavoridos como si cayesen pianos de cola en vez de gotas de agua. ¿Nadie? ¡No! Miguel dice que se unirá cuando pase cerca de su casa.
Camino a Montecañada
Camino a Montecañada
El día amanece tremendamente nublado. Está tan negro que parece que vaya a impedir que amanezca. Puntual a las ocho de la mañana salgo desde el parque de cabecera camino de Paterna. Barro no hay, pero los charcos ocupan casi la totalidad de la pista. A falta de un kilómetro y puntual a la cita, aviso a Miguel para que vaya saliendo de casa. Ya no hay vuelta atrás. La humedad del aire se notaba con tan sólo respirar. Las ruedas perdían energía al rozar sobre la tierra, que aún compactada, al mojarse complicaban el pedaleo. Como siempre, al llegar a las cadenas comienza la parte complicada de la ruta. Ya Miguel me advertía de que fuera tirando, que a partir de las cadenas, la pendiente y el estado del firme podían hacerle parar… Y ponerse a pedalear de nuevo en esas condiciones es complicado. Pero aún parando, poca tregua dió. A la vez llegamos a la cima, las puertas de Mordor. Creíamos que no encontraríamos a nadie en toda la mañana, pero en un momento empezó a aparecer gente de la nada.
En la cima
En la cima
Y justo al empezar a bajar, en el único momento del día en que podría resultar peligroso, se pone a llover. Nada, una simple llovizna que aunque cala ni siquiera merece que paremos a cubrirnos con el chubasquero. Mucho antes de llegar a la pista que nos llevará a Ribarroja ya habrá parado. Tras atravesar Ribarroja emprenderemos para volver el mismo camino que a la ida. Poco antes de despedirme de Miguel noto como de forma súbita la rueda de atrás se desinfla completamente. Menos mal que el pinchazo es justo ahora, en compañía, sin lluvia y con la rueda sin barro. Un trozo de vidrio del tamaño de una uña había traspasado la cubierta y aún estaba ahí, atrapada en la goma. ¡Menos mal que Miguel tiene algo más de maña que yo a la hora de estas reparaciones! A la hora de volver los charcos aún eran más grandes que a la ida, así que aprovechando lo temprano que era me puse a explorar nuevos caminos por la zona de la Lloma Llarga. No sabía que me estaba metiendo en una zona vallada, pero como ya sabemos como funciona el tema de ponerle puertas al campo, al poco de buscar encontré un tramo de verja roto con unos alicates por los que poder salir. Finalmente tras setenta kilómetros, con lluvia, con pinchazos, con cuestas, con momentos de perderse, parando a recoger a Miguel, parando en la cima de las rodanas… ¡A las doce y media ya estaba de nuevo en Valencia! ¡Así da gusto!

Valoración de la ruta

La típica salida a las Rodanas volviendo a casa por la Cañada en vez de por la cantera. Quería que lloviese y llovió, pero justo en el peor momento. Aunque lo que cayó por la tarde fue de salir en la zodiac de recate de la Cruz Roja, en vez de en bici. Sigue leyendo la crónica

Mijares y los peligros del Google Maps

Una vez más, agradecer a Andrés su amabilidad redactando su visión de la ruta. Yo también pondré mis impresiones entre párrafos.

¡Gracias, amigo!

Antes de comenzar quiero agradecer a Alberto las explicaciones que nos cuelga en la web para poder llegar a los puntos de partida. Son tan claras como cuando llevas GPS, en especial este fin de semana, que el punto de partida no me lo reconocía ninguna de las dos aplicaciones de navegación de las que dispongo en mi móvil y de no ser las indicaciones de la web me hubiese sido imposible llegar.

Cruce de caminos
Cruce de caminos

Para esta ruta por motivos técnicos y logísticos decidí saltarme el primer tramo de la ruta —14 kilómetros y 700 metros de desnivel— y con ello gané una hora y media de sueño. Además me ahorré el frío y el granizo del cual disfrutaron mis compañeros. Me uní a ellos justo a la hora del bocadillo, a partir de ese momento el día cambió, el sol despuntaba y comenzó mi ruta.

Lo cierto es que la salida estuvo durante todo el jueves y el viernes pendiendo de un hilo. Las páginas de meteorología daban lluvia, pero no de la misma manera. Además AEMET tiene una forma de indicar sus predicciones de un modo… Peculiar. Por ejemplo, si un pájaro te mea de camino a su nido, para AEMET significa chubascos ocasionales con tendencia moderada. Sus indicaciones son útiles si vas a sacar a la calle un paso de Semana Santa. Si no, no sirven para absolutamente nada.

Suso huyendo de la tormenta
Suso huyendo de la tormenta

Como ya era viernes y se acercaba la hora de cenar, decidimos dejar de buscar alternativas y arriesgar. Si se ponía a llover, mala suerte. Y no se puso a llover, sino que nos empezó a granizar pequeñas gotas. Mucho mejor que la lluvia. En vez de mojar la ropa, rebotaban y caían al suelo.

La primera parte de la fue tremenda. Pese a tener bastante desnivel de buena mañana, era mucho más llevadera que lo que vino a continuación. Bajadas rotas pero a la vez bastante fáciles y alguna curva con arena puesta con muy mala sombra.

A mitad de la subida maldita
A mitad de la subida maldita

Así que iniciamos el ascenso hacia El Cerro de la Grajuela subiendo por distintas pistas forestales, las cuales se encontraban totalmente destrozadas con toneladas de piedras sueltas. Al mínimo error de lectura del terreno perdieras la tracción, haciendo que el desgaste físico fuera bastante patente, pero ese no era nuestro mayor problema. Lo peor era que en ocasiones ibas tan tranquilo en la bici, a tu ritmo, cuando de repente veías al resto del grupo —no unos cuantos, sino todos— bajando de sus bicis y continuando el ascenso a pie. Bueno, más que ascenso era una escalada, arrastrando las bicis montaña arriba. En mi caso puede ser normal, pero ver a Jorge, Alberto o los dos Juanes, que son grandes escaladores era para que te temblaran las piernas.

Con la bici al hombro
Con la bici al hombro

Desgraciadamente esta ruta tiene un fallo en uno de sus tramos. Un fallo que ya había sufrido anteriormente, pero al menos esta vez no me pilló con diez kilos cargados en las alforjas. Ese fallo es suponer que una linea recta y marrón visible en el Google Maps es una pista en condiciones. O que un track sacado del wikiloc sin fotos, sin descripción y con el nivel de dificultad moderado sea realmente moderado. Pero ocurre en las mejores familias. Fue solo unos minutos, pero… ¡Qué minutos! Todos con la bici a cuestas, y Víctor directamente con la bici al hombro.

¡Cuidado, es agua!
¡Cuidado, es agua!

Pero como no miramos hacia atrás ni para coger impulso, el sábado El Perro Verde se disfrazó de La Cabra Verde para poco a poco, y con una corta pero intensa visita del habitual viento conseguimos llegar a lo más alto, donde nos esperaba un cartel —cortesía de Btt Requena— que indicaba la frase más fantástica que podría leer yo en ese momento de cansancio. Rezaba:

Precaución: 3 km de bajada

A partir de ese momento iniciamos una bajada que nos llevaría hasta Hortunas por sendas con algunos tramos trialeros donde encontrábamos todo tipo de indicaciones para que la bajada fuera bastante cómoda. Es la gracia de hacer un tramo de la marcha de Requena el día antes. ¿Que había una sección de escalones? No te preocupes, que ya estaba avisado. ¿Que llegabas a una confluencia de caminos? Nada, mira el suelo que las gigantescas líneas blancas te indicaban el camino, y así hasta llegar a la entrada del pueblo.

Parados en la nada
Parados en la nada

¡Qué senda! ¡Qué gran senda! ¡Qué bajada! ¡Qué botes! ¡Qué pedruscos! Solo por esos diez minutos bestiales merece la pena volver. Y qué recibimiento al llegar a Hortunas, pasando el río a toda velocidad, dejando que el agua te salpique entero.

De pensar en la bici que iba Juan Moya, me hubiera gustado esperarme para ir siguiéndole y ver el espectáculo.

El último tramo inició bastante bien, descendiendo gradualmente. Primero por asfalto y luego por una pista en muy buen estado y así nos adentramos en lo que para mí fue el segundo paisaje más bonito de toda la jornada —el primero fue mi coche, cuando termine la ruta totalmente agotado—. A la izquierda teníamos laderas de césped verde, a la derecha en forma de herradura nos arropaban las montañas y en medio nosotros rodando por la pista con el dulce sonido del agua que corre por su lecho. Pero una vez más la alegría dura poco en casa del pobre. Llegamos a un punto en el que el track nos obligó a seguir a campo a través hasta llegar al borde del riachuelo el cual comenzamos a bordear lentamente para encontrar un lugar para cruzar. Cuando al fin encontramos dicho lugar y tras cruzar el río con la bici al hombro, saltando piedras vimos lo que se suponía que era el camino… Por llamarlo de alguna manera. Incrédulos, tras revisar los GPS y confirmar que era por ese lugar, nos dispusimos a realizar la última escalada libre del día. Tras superar ese obstáculo llegamos a la CV-429, donde tras superar un leve repecho todo era una bajada de unos 4 o 5 kilómetros hasta la entrada de Mijares.

Segundo de los pasos por el río.
Segundo de los pasos por el río.

Pero para mí no había acabado la mañana. Como me gusta ir el último, cada vez que el grupo se enfrenta a una subida, para no variar me quede solo, lo cual hizo que a diferencia de mis compañeros, al llegar a la carretera en vez de descender directamente hasta Mijares, continué siguiendo el track. Me desvié levemente de la CV-429 para adentrarme unos 600 metros en la montaña hasta llegar al Cortijo Feliciano. Actualmente está abandonado y tiene muchas papeletas para servir de escendario de una peli de terror. Y a continuación tocó descender por una mini trialera de unos 300 metros entre raíces y escalones para empalmar de nuevo con la carretera y encontrarme con el resto del grupo, que ya estaban listos para volver a Valencia.

De vuelta a Mijares
De vuelta a Mijares

La verdad, pese a mis quejas a Juan durante los tramos de escalada, esta ruta para mí fue magnifica. Con grandes paisajes, descensos divertidos y rápidos pero sin llegar a ser suicidas y sobre todo, como siempre, en gran compañía. Una vez más, gracias a La Cabra El Perro Verde por permitirme acompañarlos.

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El tranquilo plan B de Las Rodanas

El pasado sábado el grupo de El Perro Verde BTT se organizó en dos salidas: el pistero y el trialero. Los que decidimos pasar la mañana del sábado tranquila y pistera nos encontramos en el río dispuestos a darlo todo… Que tampoco era mucho, dado que subir a Las Rodanas y bajar a Valencia antes de la hora de comer tampoco es que tenga demasiada complicación.

Pero para ser una ruta tan sencilla y tan vista tuvimos dos invitados. José Antonio, que vino para probar una mañana con nosotros, y Juan Carlos, amigo de José Vicente e integrante del BTT Moncada que además de conocernos nos contó un montón de cosas interesantes de su club. ¡Y además acudió José Luis, que hacía tanto tiempo que no venía que casi ni nos acordamos de su última visita!

En mitad de la huerta
En mitad de la huerta

El primer tramo de recorrido fue por las pistas que hay en paterna, cerca de la pedrera. Poco a poco, tras pasar El Plantío llegamos a La Cañada. Las pistas que hay atravesando La Vallesa son geniales, porque además de ser cuesta abajo tienen un punto de pedruscos que te hacen ir en tensión durante todo el rato.

La ruta avanzaba a un ritmo normal pero sin parones imprevistos. Por el lugar y la hora que era deberíamos estar a punto de encontrarnos con Miguel, pero no hubo manera. El plan era encontrarnos por el camino, pero esto no hace más que confirmar que la única forma de encontrar a alguien en una ruta en quedar en un punto concreto a una hora concreta. Por eso lo habitual en una ruta es perderse, y no encontrarse.

Poco antes de subir
Poco antes de subir

Delante de nosotros comenzaba ya el camino que nos llevará a la Rodana Gran. Desde que nos separamos del río tendremos que subir casi 270 metros. La pista cansa un poco, pero sólo si te gusta subir retando tus marcas anteriores. La parte dura llega después de una pequeña planicie, donde el camino está cortado con una cadena. Son solo diez minutos llegar hasta arriba pero siempre hay gente que dice que pasa de subir. Afortunadamente al final, aunque sea andando subimos todos hasta la cima.

En la cima de la Rodana
En la cima de la Rodana

La bajada la teníamos planteada por un camino nuevo. Una pequeña variante a la bajada típica para darle alguna novedad al trazado. Sin embargo Juan Carlos nos avisó de que no merecía la pena. Es demasiado peligroso y demasiado empinado, y más para un día tan caluroso y a unas horas que empezaban a ser poco recomendables para llegar a Valencia temprano. Porque el termómetro estaba llegando a parecer más al inicio del verano que al final del invierno. Hacer como Vicente e ir de corto me parecía pasarme, pero llevar perneras y una camiseta, pudiéndome poner de verano en cuanto el calor arreciase era indispensable. De ver a los demás con el culote largo y la chaqueta térmica me estaba mareando.

En el parque de Mislata
En el parque de Mislata

Hasta el paso por la Mina el paseo se convirtió en un absurdo pique entre Juan Carlos y yo. Cada vez que él me adelantaba, yo tenía que hacer lo mismo. Algo bastante absurdo porque teníamos que esperar igualmente a los demás. Pero al llegar al polígono de Manises pasó algo extraño… Debíamos cruzar la CV-37, y es una carretera con el suficiente tráfico como para tenerlo que pensar. Una parte del grupo la cruzó, mientras que otro se fue hacia más adelante. Nos quedamos esperando, pensando en que igual habían ido a comprar una botella de agua. O estaban girando la rotonda, para evitar cruzar a las bravas. El caso es que no volvieron. Sin track, sin esperar y sin extrañarse de que nadie les siguiera se fueron directos a Valencia.

Los que sí seguimos el camino nos metimos de nuevo al parque fluvial. Llegamos a Valencia un rato más tarde, pero quedaba cerveza para todos.

De camino a Valencia
De camino a Valencia
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La exigente marcha de Ribarroja

Cambiando las bicis durante el almuerzo
Cambiando las bicis durante el almuerzo

Hace unas semanas nos dio por hacer la marcha de Ribarroja de 2014. Aprovechando que está relativamente cerca y se puede ir de paseo por el río, decidí ir en bici hasta el pueblo. Total, si hay que levantarse a las seis y media, ya poco me importa madrugar una hora más. Y afortunadamente así lo hice, porque mi plaza en el coche de Damián aún la usó Javi, que perdió el metro a última hora.

Preparados para salir
Preparados para salir

Al final, como casi siempre, salí demasiado temprano. Tanto que a las siete y media ya estaba en Ribarroja. Pero en un momento empezaron a llegar todos y comenzó la ruta sin problemas. Bueno, realmente nada más salir ya nos equivocamos de camino. Y no un equívoco cualquiera, sino de perderse, reencontrarse y deshacer el camino andado. Así que ya sabéis, si vais en grupo y no tenéis claro el camino, dejad que guíe alguien con GPS. Es más, no sólo que tenga GPS, sino que además lo mire de vez en cuando. Espero que la confusión no desanimara a los dos invitados que se unieron en nuestra ruta, que conocimos anteriormente en las rodanas.

Foto de grupo
Foto de grupo

A medida que avanzaba la mañana el hambre surgía con fuerza. Quizás demasiada fuerza para lo pronto que era, porque a las diez ya estábamos parando a almorzar. La ruta por el momento no tenía demasiada complicación. Algún breve momento en el que Miguel, Damián y yo tuvimos que pasar a pie… Pero nada destacable. Ya ni siquiera nos acompaña en nuestras incursiones a pie el crack de Víctor, que cada día mejora una enormidad. Lo habitual.

En mitad de pista
En mitad de pista

Pero de pronto se abrió ante nosotros una cuesta de unos cincuenta metros, tremendamente rota y con una inclinación que superaba en varios grados mi umbral de caguetismo. José Vicente lo intentó. Los primeros metros los trazó muy bien, pero se acercaba a la izquierda de la cuesta, y llegó un momento en el que no pudo ni frenar ni evitar una piedra muy grande. Salió volando por encima del manillar.

Mira que le he visto caer de todas las formas posibles. Desde lo alto, desde lo bajo, de lado, de frente… Un día pensé que literalmente se había partido el cuello, pero a los tres segundos ya estaba encima de la bici intentándolo de nuevo. Pero ver estas cosas siempre te hielan la sangre.

Nuevos amigos
Nuevos amigos

La ruta continúa, pero buena parte de los que venían tomaron una escapatoria que les llevó directamente a Ribarroja. Los que nos quedamos tuvimos que subir hasta el Alto de la Serratilla. Entre el calor horrible del día, lo escarpado del camino y la dificultad del trazado me quedé atrás, a la suficiente distancia de los demás, tanto física como mental para no agobiarme ni frustrarme. Al final llegué el primero porque todos los demás se volvieron a equivocar del camino.

Unas refrescantes naranjas a la sombra de una tapia nos despidieron de Vicente y José, que tomaron un atajo antes de que el golpe se enfriara y doliese aún más. Los supervivientes del día, sin comerlo ni beberlo nos encontramos con dos rampas ¡del 10 %! Javi se hartó y tomó la carretera.

Típico tramo de andar
Típico tramo de andar

A mí me fallaba la tracción y la respiración a dos tercios de la rampa. A Quique le entró unos calambres que prácticamente no podía ni subir andando. Víctor ya iba tan cansado que casi la subió entera a pie… ¡Y luego ves a Rafa como te adelanta y llega a la cima sin aparentemente esforzarse! ¡Tremendo!

Ya deberíamos haber llegado a Ribarroja, el track parece que aquí se pierde, está mal trazado… No puede ser que indique que haya que ir por la acequia. Afortunadamente pasaba un hombre que nos lo aclaró: la acequia está fuera de uso desde hace mucho tiempo, y la marcha el año pasado pasaba por ahí. Fue un momento divertidísimo y el broche tras haber pasado momentos tan duros.

Parada de reagrupamiento
Parada de reagrupamiento

Aún quedaba la vuelta a Valencia, pero afortunadamente las cuestas se habían acabado. Una marcha accidentada, dura y con un final que directamente quiere rematar a sus participantes, ya sea de fallo cardíaco o con la cabeza reventada en los muros de una acequia.

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