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Crónicas de las rutas de El Perro Verde BTT. Con fotos, tracks, vídeos, etc.

Las Moratillas: Cañas y Barro

Chat en la web picañera
Chat en la web picañera

Este sábado, la manada de El Perro Verde BTT se ha ido a un paraje conocido como Las Moratillas, muy cerca de Siete Aguas. Pero no lo ha hecho solo. El jueves detecté que habían enlazado la ruta desde la web de el club BTT Picanya para hacerla el mismo día y a la misma hora que nosotros. Al menos podrían haber dejado un comentario o algo —no cuesta nada— pero lo cierto es que tenía curiosidad por ver si al final venían.

Mientras llegábamos, adelantamos a un coche con varias bicis amarradas al maletero. Ahí estaban. Llevaban la equipación de su club. En un momento llegamos al lugar de encuentro. Una cosa está clara, ha llegado el invierno. Mientras nos abrigábamos tuvimos nuestra primera toma de contacto con los bikers de Picanya.

Los minutos pasaban y los picañeros decidieron salir, pero nosotros aún estábamos esperando a Javi y Paco Jorge, que no llegaban. Se equivocaron de salida en la autovía —lo próximo será programar el Tom Tom Go desde la web— pero en un momento pudieron comprobar el duro frío de la estepa moratillana. Bueno, para Vicente no fue un día frío, sino un perfecto día primaveral.

Les copains d'abord
Les copains d’abord

Por fin nos pusimos en marcha. El terreno estaba muy húmedo y pese a las previsiones, el cielo no apuntaba a que hiciese demasiado buen tiempo. Bastante suerte tendríamos si no acababa lloviendo, pero el suelo estaba ligeramente mojado y las ruedas se adherían cosa mala. Al menos, si el día despuntase la primera capa de tierra se secaría un poco.

Tras subir la primera cuesta que nos alejaba y aislaba de la autovía se abrió un paisaje totalmente distinto al que nos esperábamos. Pistas anchas y bien compactadas que atravesaban un colosal pinar. Nada más salir ya empezó a perderse parte del grupo, quedándose atrás Jorge y Alicia antes de recorrer los primeros dos kilómetros. Creo que por ahora es el record.

Con todos ustedes, su peor pesadilla
Con todos ustedes, su peor pesadilla

La primera gran bajada del día despertó todas mis alarmas. Como el barro estaba bastante compacto tuvimos la suerte de que las ruedas no se convirtieron en un surtidor de mierda, pero ni agarraban bien, ni frenaban, ni conseguían llevar la dirección con seguridad. Si nada más empezar ya está así el percal, ¿Cómo estará más adelante? Tuve la visión de gente acabando la ruta más rebozada de barro que el monstruo del pantano.

Al empezar a subir, las bicis no tiraban como era habitual. El roce de las cubiertas en la tierra húmeda lastraban mucho, pero el gran problema llegó en escasos minutos. Unos doscientos metros del camino se habían convertido en una especie de ciénago pantanoso. Las ruedas no sólo se hundían mucho más allá de la banda de rodadura, sino lo que es peor, el barro no se soltaba y se acumulaba en las vainas, los tirantes y la horquilla. Y suerte que todos llevábamos frenos de disco, que si no, el desastre podría haber sido aún peor.

¿Y cuándo dices que cambiaste los retenes?
¿Y cuándo dices que cambiaste los retenes?

En esas condiciones era imposible pedalear veinte metros seguidos. Lo mínimo que podía pasar era que se acumulase el barro en el cambio y acabara reventando. El desviador daba pena verlo… Y ojo con poner el pie en el suelo, porque se hundía hasta cubrir toda la suela.

Ni siquiera empujando la bici del manillar conseguíamos salir de aquel atolladero. A cada paso que dábamos nuestros pies recogían medio kilo de barro, y por mucho que intentásemos limpiar las cubiertas de barro, a cada media vuelta de rueda se ponían igual. Los pocos que intentaban seguir montados enseguida se dieron por vencidos. Acabamos saliendo con la bici al hombro. Afortunadamente no volvimos a entrar en ningún camino similar durante todo el día.

Mucha bicicleta doble, mucha horquilla de 150 milímetros y mucho cuadro de carbono, pero al final lo más necesario era tener un puñetero palo para quitar el barro de las calas y las cubiertas.

¡Un palo! ¡Un paloooo!
¡Un palo! ¡Un paloooo!

El grupo se fue estirando y se hacía la hora de almorzar. Así que decidimos parar a comer reagrupando en el campamento de Las Moratillas. ¿Todos? No, porque un pequeño grupo de irreductibles trialeros tiró hacia adelante y se pasó. Para llegar, necesitábamos atravesar una trialera terrible que acababa en una senda ya más agradable, en la que se podía poner la bici a una buena velocidad. A mitad de camino vimos una caseta metálica donde la gente dejaba escritos dentro. No lo ponía en ningún sitio, pero apuesto que es el buzón de quejas del metro de Valencia. Sólo así, obligando a hacer trialeras en bici de montaña para poder quejarse, se explica que esa inefable empresa saque más de ocho puntos en la última encuesta de satisfacción ciudadana.

Almorzando en una balsa
Almorzando en una balsa

En una pequeña balsa vacía, al sol, almorzamos Luis, Damián, Jorge y yo, comentando la música que podría poner Jorge en los vídeos. Mientras decidíamos si era mejor poner Joy Division (o Rajoy Dimision) llegaron los demás. Nos comentaron que Rafa se había caído de bruces contra el manillar, pero ahí estaba, más duro que un empaste de Hulk.

De nuevo en marcha, nuestra próxima meta era cruzar el río. Nadie se cayó al agua, así que no hay fotos para la historia, pero lo que sí que se quedó en el río fueron las fuerzas de Paco Jorge. Falto de entreno y reventado como estaba de pasar por todo el barro, las siguientes subidas las hizo andando. Como ya empezaba a hacerse tarde, el grupo se dividió definitivamente. Casi hora y media de ventaja nos sacaron los demás. Los que quedamos nos lo tomamos como un paseo campestre, sosegadamente pistero pero animado cuando al fin llegamos a una senda divertidísima, rota y llena de piedras, donde pude saborear el placer de adelantar a un Paco Jorge hechido de orgullo de bicicleta doble.

Voy cruzando el río...
Voy cruzando el río…

Mientras bajábamos andando una trialera en la que Javi se pegó una leche de impresión —afortunadamente sin consecuencias— pasó un momento de gloria, de esos que llaman ingenio de escalera. Paco, como no, empezó a hacer bromas sobre la bici de Damián, incluso llegando a decir que no se puede ir por la vida con bicis compradas en el Mercadona… El problema es que la bici no era de Damián, sino de Alicia. Lo cual me hace pensar que es bastante irónico que mientras la bici de José Vicente ha llegado a romper la cadena dos o tres veces en un mismo día, la de Jorge al cambiar haga un ruido más desagradable que rascar un plato con un tenedor, a Javi se le aflojó el manillar en mitad de una trialera, a Rafa se le atascó la cadena entre los radios y el cassette, a Damián el desviador le roza con la cadena, o a Adri se le desajuste el cambio a cada bache que pilla… ¡Luego las bicis malas son la de Alicia o la mía, que no nos han dejado tirados en la vida! Que yo sepa, todos hacemos el mismo recorrido.

Las bicis baratas no paran de dar problemas
Las bicis baratas no paran de dar problemas

Acabada la trialera, aún nos faltaba llegar al punto de partida por más pistas, que se hicieron más largas de lo imaginable. La lejana visión del totem de la gasolinera donde habíamos aparcado nos provocó más júbilo que la visión de América por Rodrigo de Triana hace más de quinientos años. Allí llegamos cuando ya sólo quedaban Ana y su novio, hartos de esperar. Y porque se iban en la furgo de Alicia, si no, ni eso.

¿Cómo es posible que no nos encontrásemos con los bikers de Picanya en ningún momento? Eso es otra pregunta que será contestada otro día.

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Titaguas, o como acabar con un pie en el otro charco.

Este sábado nos hemos desplazado a Titaguas, prácticamente en la frontera de la provincia de Cuenca, una pequeña comitiva de El Perro Verde BTT —Alicia, Jorge, Juan Lozano, Damián y yo— para realizar la marcha BTT de Titaguas una semana más tarde que la prueba oficial.

Casi saliendo
Casi saliendo

Hacer estas rutas de modo extraoficial tiene sus desventajas. En vez de recibirnos los organizadores, con un buen avituallamiento preparado para poder comer algo tras el viaje, lo único que nos recibió fue un frío espantoso. Menos mal que Jorge pudo dejarme una chaqueta, que si no, igual salgo de allí con una pulmonía triple.

La ruta tenía muy buena pinta, pero lo que nos encontramos fue mucho más duro de lo que podíamos esperar: bajadas imposibles, terreno blando y resbaladizo, subidas en un zig-zag tan cerrado que era imposible de trazar y un escalón tras otro.

Al menos, el paraje, verde y distinto al secarral al que nos tiene acostumbrados Valencia merecía mucho la pena. Pero no podías despistarte, porque a la mínima te podías caer en un barranco de esos que en vez de rescatarte con helicóptero, lo hacen con una rasqueta.

Vale, acepto, había una senda con pedruscos en la que yo también puse pie en tierra.

Rafa Gómez, cediendo a las evidencias

Tras unas sendas divertidísimas, salvo por alguna pequeña rampa cabrona que era resbaladiza incluso a pie, llegó el momento de cruzar valle del Túria. ¡Perfectamente ciclable los huevos! Para bajar al río nos encontramos con una senda inclinadísima con unas seis o siete contracurvas en las que desmontando de la bici se iba mucho más rápido. Aún así, peor fue la subida… No sé si será por el mastodonte de bicicleta que llevo, o que trazando las curvas soy «todo un fiera» —más concretamente, un hipopótamo— pero fue un suplicio de esos en los que piensas que el cuentakilómetros se ha desconfigurado porque pasan minutos y el número no sube ni un decimal.

La pausa que refresca
La pausa que refresca

También he de decir que aunque siga teniendo problemas cuando las pendientes se inclinan demasiado, me estoy haciendo un crack bajando escalones y eligiendo trazadas difíciles. Tanto es así que hay momentos que pienso que «la primera gran hostia de cuando ya has cogido confianza» está a punto de llegarme. Y sé que no soy tan duro como Rafa…

Tras la subida desde el valle del Túria por el terrible camino del molino paramos a almorzar. Fue entonces cuando se cumplió una de las máximas campestres: Aunque estés en un puñetero desierto poblacional, en mitad de la más absoluta nada, si te pones a mear de pronto vendrán justo de frente un grupo de al menos siete u ocho ciclistas.

El charco de los horrores
El charco de los horrores

Sin cafés ni nada volvimos a ponernos en marcha hasta llegar a la zona de acampada de El Molinillo. Pero antes de llegar tuvimos que sortear una prueba más: atravesar un charco de unos diez metros y tan profundo que casi llegaba el agua al eje del pedalier. Nada por la izquierda, nada por la derecha… —Pues habrá que hacersa a la idea —dije mientras me encaraba al lago en miniatura—. No quería ir demasiado rápido para no salpicarme, ni demasiado lento para no tener que pedalear y acabar hundiendo las zapatillas en el agua. Total, que acabé parando en mitad, mojándome hasta los tobillos. Estuve media mañana meditando las palabras del Teniente Dan en Forrest Gump: «La diferencia entre un soldado vivo y uno muerto es que el primero lleva siempre los calcetines secos». Aunque pensándolo bien, una película donde una persona con más limitaciones que el Regional de Cuenca acaba siendo héroe de guerra, empresario de éxito, deportista de élite, rentista y mojabragas no tiene por qué estar diciendo la verdad.

Videos no aptos para menores
Videos no aptos para menores

A Damián le faltaron las fuerzas y tuvo que retirarse cuando ya llevábamos tres cuartos de la ruta. El incipiente catarro y el cabreo de verse superado por un recorrido que a cada kilómetro empeoraba le hizo tomar la decisión al cruzar la CV-10. Yo intenté convencerlo para que acabase la ruta con nosotros. Últimamente no hay ruta que no tengamos que recortar por falta de tiempo y me apetecía acabar ésta… Pero al cabo de un rato quien empezó a pensar en que hubiese sido buena idea desertar era yo. ¡Suerte que Damián pudo usar esa escapatoria!

Y es que si algo puede definir bien la ruta es que es endurera a decir basta. Y si estábamos Alicia, Damián y yo, que hacemos cross country, rally y poquito más, lo normal es que nos sintiéramos más desubicados que Belén Esteban en Saber y Ganar.

Vamos de pros
Vamos de pros

Lo que aún quedaba no era moco de pavo. La última subida, un par de sendas con mayor o menor fortuna y la traca final: una senda plagada de escalones que acababa en una cornisa suicida con Titaguas a vista de pájaro.

Para afrontar este último tramo tuve que poner mi cabeza en modo automático porque si me ponía a pensar en el cansancio que llevaba encima, lo que hubiera hecho es darme media vuelta y bajar a Titaguas por la carretera. Poco detrás de mí, Alicia no lo estaba pasando mucho mejor. Incluso hubo momentos en los que nos tuvimos que bajar y arrastrar la bici con pose de walking deads. Pero cuando llegamos a la fuente de Hontanar empezó la brutalidad. ¡Vaya sendas! ¡Qué precipicio! El camino del Benicadell acojonaba, pero esto ni era una senda. ¡Casi no llegaba ni a vericueto!

En la meta y enteros
En la meta y enteros

Por fin llegué al final de la ruta, en la plaza del pueblo. Pero los demás no llegaban. ¿Habrán pinchado? ¿Habrán practicado vuelo sin motor desde lo alto de la colina? No, sólo habían sido más inteligentes y habían acudido directamente a los coches, donde Damián nos estaba esperando muerto de frío.

La próxima la acabaremos todos juntos. ¡Seguro! Porque de eso se trata… ¡Y porque no va a haber una carretera para escapar a mitad!

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Las tres fuentes de la Calderona

Aunque ya estemos en octubre, Valencia no se ha librado de su sofocante calor. Pero no exageremos… Ya es un buen momento para volver a afrontar las cuestas del lugar que vio nacer a El Perro Verde BTT: la sierra de La Calderona.

Empieza el día a despuntar
Empieza el día a despuntar

Llegamos al aparcamiento que hay pasado el sanatorio de Porta Coeli poco después de despuntar el día. Tras los reencuentros y comprobar el buen funcionamiento de las bicicletas tomamos el camino en dirección al mirador de la Font de l’Abella. Hoy tenemos nuestros ilustres invitados y amigos del club BTT Argilaga, así que hay que quedar bien. Y al igual que cuando te haces una foto siempre intentas meter tripa y parecer un poco más alto, cuando vienen invitados hay que demostrar que se sube sin esfuerzo y que cualquier trialera, por pedregosa y técnica que sea, es el pan nuestro de cada día. Sin embargo, yo, que habré dormido cuatro horas, creo que voy a ir el último toda la mañana.

A lomos de gigantes
A lomos de gigantes

El primer imprevisto de la jornada se presenta cuando xuso tiene un reventón por llantazo poco después de pasar la fuente, camino del mirador. Mientras los más manitas cambiaban la cámara intenté ponerme en contacto con el walkie con el resto del grupo que ya iba por delante. Desgraciadamente la pista se curvaba y no tenía alcance para hablar, así que tiré hacia adelante para que siguiesen haciendo camino hasta el mirador sin preocuparse.

Los últimos metros hasta el mirador tienen una pendiente algo mayor pero nada que no se haga subiendo dos coronas. Al poco de llegar yo llegó el resto. Xuso no sólo tuvo un pinchazo sino que un pequeño traspiés con las calas mal reguladas le hizo caer prácticamente parado. Afortunadamente fue sólo un pequeño rascón en la pantorrilla.

Foto de grupo en el mirador de l'Abella
Foto de grupo en el mirador de l’Abella

Tras el montón de fotos en el mirador ponemos la mente en el siguiente objetivo, la Font del Poll. Una Pequeña pero intensa bajada por el mismo camino que hemos subido y en 800 metros nos desviaremos a la izquierda del camino en una corta rampa que exige poner el plato pequeño con tiempo. Al subirla nos espera la pista del Camino del Campillo, con una subida más suave que durante los primeros kilómetros de la ruta y en muy buen estado. La calderona los fines de semana se convierte en un trasiego constante de ciclistas, senderistas y trail runners, por lo que hay que ir siempre pendiente y nunca dejarse llevar en las bajadas.

Rafa Destroyer
Rafa Destroyer

Necesitaba parar y descansar un momento, pero parar en una pista sin demasiadas complicaciones es un poco triste… ¡Pero si vas en cabeza hay un remedio universal! Simplemente sacas la cámara de fotos y con la excusa de retratar al grupo en marcha tienes cerca de un minuto de breve pero reconfortante pausa.

La fuente es el lugar idóneo para rellenar los bidones, comer unos dátiles o una barrita de cereales y, en verano, poner directamente la cabeza bajo el chorro… El problema es que cuanto más calor hace, menos agua trae la fuente. Nunca hay que fiarse.

Si supierais lo que ha llegado a hacer con esa bici, alucinabais

Jorge, dándome un chute de optimismo

El camino hasta Masía Tristán y el pico con el refugio es bastante largo y los últimos metros —como siempre que se llega a un «refugio en la cima»— son algo complicados, pero nada que no se pueda subir con un poco de paciencia. Coincidimos durante un largo trecho con otro grupo de bikers que se notaba que jugaban en otra liga distinta a la nuestra. Aunque nosotros vayamos siempre a buen ritmo y sin demasiadas pausas, ellos parecía que estaban dándolo todo, como si estuvieran continuamente disputándose el podio a trecientos metros de la meta. Jorge, una bestia de los pedales, y yo, que hago lo que buenamente puedo, tratamos de seguir su ritmo e incluso adelantarlos. No contaba yo con la rampa que venía por delante. Él los fundió con su bici de carbono. Yo, con mi mastodonte de 18 kilos me quedé atrás, pero oí como les decía al llegar: «Si supierais lo que ha llegado a hacer con esa bici, alucinabais» Llegué detras de ellos, pero con un sentimiento de satisfacción gigante.

¡Y después de esto, a subir más cuestas!
¡Y después de esto, a subir más cuestas!

El otro grupo tiró por su camino y nosotros subimos ya juntos por el camino del refugio a almorzar. Las vistas a 800 metros de altitud son espectaculares. Disfrutando del sol otoñal y de los bocadillos y la cerveza, estos momentos hacen olvidar el cansancio y los madrugones de las salidas en bici. En el horizonte se podía ver un paso en la cordillera, plagado de aerogeneradores. Aunque todos diesen soluciones distintas (El Ragudo, Barracas o incluso Javalambre), para estar en lo cierto sólo hacía falta subir al pequeño mirador que teníamos al lado, donde un panel indicaba a qué correspondía cada montaña de nuestro alrededor.

Tras el almuerzo, de nuevo en marcha
Tras el almuerzo, de nuevo en marcha

Ya saciados continuamos la marcha, con un espectacular descenso hasta el Barranco de la Sepultura y posterior ascenso a Masía Tristán. Continuamos por pistas hasta nuestra visita a la Font del Berro. Nuestra última prueba fue pasar por una senda muy estrecha en la que la vegetación, bastante tupida, no dejaba pasar con facilidad. Entre los arañazos en los brazos, las ramas entre las ruedas y los pedales y las ramas que podían tocar las manetas de los frenos no te quedaban sentidos suficientes para estar atento también a las piedras y raíces en el camino.

Últimas pistas del día
Últimas pistas del día

Los últimos metros fueron más bien de paseo hasta llegar de nuevo al punto de partida. Algunos decidieron rematar el día volviendo a Valencia en bici. Parece que con 42 kilómetros de ruta y 1600 metros de desnivel acumulado no han tenido bastante. Lo que está claro es que la ruta es exigente a nivel físico, no tanto a nivel técnico. Tiene unas vistas espectaculares, muy cerca de Valencia y se puede llegar en metro. Perfecta para los que están descubriendo el BTT y quieren retos para poner a prueba su resistencia, pero sin jugársela demasiado en trialeras o sendas que puede que no estén aún a su alcance.

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Calderona, Rebalsadors y dos maneras de llegar a Bétera

Otro sábado más El Perro Verde BTT nos aleja del ruido de la ciudad subidos en nuestras bicicletas, teniendo como destino la Serra Calderona.

Aunque la ruta oficialmente comienza en la estación del Trenet de Bétera, para no empezar el fin de semana —literalmente— bajo tierra, decidí ir al punto de encuentro pedaleando por el camino de Moncada, Masies y el Camino viejo de Bétera. El único punto en el que es necesario estar atento es al pasar la universidad en Moncada, pues hay que cruzar el paso subterráneo mediante el paso peatonal y no despistarse, puesto que la rampa de salida nos conduce de nuevo a Moncada.

En el mirador de Rebalsadors

Tras el reencuentro en la estación comienza la ruta. Para llegar a la sierra decidimos seguir la CV-331, que dispone de un carril bici segregado hasta pasar la base militar de Bétera. Cuando el carril se acaba tendremos que ir por la carretera, pero hay muy poco tráfico y durante la mayor parte del tiempo será más probable encontrar otros ciclistas que coches.

Tras dejar a nuestra derecha el Hospital de Porta Coeli y justo tras el kilómetro 6 de la carretera tomaremos la pista de la izquierda. Tardaremos bastante en volver a ver el asfalto. Aunque llevamos subiendo desde la salida de Bétera, es desde este momento donde será más patente. Tras un rato de pedaleo que nos servirá de toma de contacto, llegaremos a un cruce con una señal que nos indicará «Rebalsadors» y «Font del Berro» a la derecha. A partir de aquí comienza el reto a superar hoy. 12 kilómetros de subida prácticamente continua y un ascenso acumulado de 746 metros hasta Rebalsadors.

Se hace necesario tomar un respiro en el Waypoint llamado «Vistas de la sierra» y hacer un par de fotos mientras se recupera el resuello. Un grupo de senderistas nos indicó rutas, abrigos y miradores que se pueden explorar por la zona. Aunque el hambre ya hace acto de aparición, decidimos comer en la fuente del Poll, que aunque en teoría estaba a trescientos metros de nada se nos hizo tan largo como si hubiesen sido más de dos kilómetros.
Almuerzo improvisado

Tras comer de pie y sin cafés, pensando en la posibilidad de llevar una Nespresso y alimentarla con una dinamo, los más osados subimos hasta el mirador de Rebalsadors. Este es el único tramo con un firme que exige un poco de destreza, especialmente en los últimos metros. El resto de la ruta de hoy se puede hacer sin grandes problemas con una bicicleta híbrida.

El mirador también puede usarse como refugio, ya que hay una zona bajo techo que puede ser muy útil para guarecerse de una tormenta inesperada.

Ahora queda la parte más emocionante, pues bajaremos los 780 metros en los que se sitúa el mirador hasta los 300 de la Cartuja en 25 minutos. Pese a que la pista se encuentra en buen estado, sin grava y sin roderas, hay varias curvas en las que no debes confiarte o puede que acabes volando como Elliott, pero sin E.T. en la cesta.

Ya en la cartuja sólo queda deshacer lo hecho para volver a Bétera. Cuesta abajo, multitud de ciclistas, asfalto… Es entonces donde de forma inevitable mutamos de personas calmadas, tranquilas y responsables a bajar como si al llegar hubiese un podio y botellas de champán para que los ganadores las agiten y empapen a todo el mundo, logrando medias de 35 por hora y máximas de 45.

Tras llegar a la estación, Vicente Sanz y Rafa decidieron acompañarme pedaleando a Valencia por la CV-310, que lejos de lo peligrosa que me parecía en un principio, realmente tiene unos arcenes muy generosos y pudimos llegar a Valencia muy bien acompañados por otro grupo de ciclistas de carretera.

Recuento de bajas

No hubieron bajas, pero a Rebalsadors no subimos todos. ¡Hace falta entrenar más la resistencia!

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Piedras y saltos bajando de Calicanto

De la mano de El Perro Verde BTT empezamos el año con una ruta con un firme mucho más agradecido del que solemos rodar —y a veces caminar— por los parajes de la serra Perenxisa y el Vedat de Torrent.

Paco Jorge por una senda

Saliendo desde Valencia nos dirigimos por el Camí Vell hasta Torrent y por la calle Valencia rozamos el Polígono del Mas del Jutge. Pero nada más entrar buscaremos la pasarela para cruzar el barranco. Rodaremos por sendas en su orilla sur y finalmente bajaremos a su cauce a través de unos escalones labrados en la piedra que hay que tomar con calma.

Ya en el cauce cruzaremos el acueducto del canal Xúquer-Túria y atravesaremos el Barranco de L’Horteta hasta llegar al paso inferior de la A-7. Ya estamos en Calicanto. Ahora nos queda decidir como afrontar la subida. En el track está marcada la subida por el asfalto. Para subir a las dos antenas por la senda tendremos que girar en la derecha en el punto indicado.

La subida a las antenas por asfalto no implica dificultad ninguna, no así por la senda… ¡Pero hay que subir más de 200 metros, claro! La bajada por los pedruscos, pese a las advertencias del resto del grupo, no la he notado especialmente difícil. Pese a mi chapucera técnica, apenas he tenido que poner el pie en tierra una vez. ¿Estaré progresando?

Almorzando en Calicanto

Tras el almuerzo, más copioso y largo de lo recomendable para evitar las prisas de última hora, nos hemos adentrado en el Monte del Vedat de Torrent por multitud de sendas asequibles pero muy divertidas. Mucho ojo al cruzar la carretera de Montserrat, puesto que hay que ser paciente para cruzarla.

Finalmente hemos bajado la Avenida de Torrent en mitad de un embotellamiento y vuelta a Valencia con la velocidad a la que nos tienen acostumbrados nuestros ciclistas más veloces.

Recuento de bajas

Caída tonta con las calas, con resultado de una herida en la rodilla.

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Desentumeciendo los huesos por el Clot de les Tortugues

Tremenda la ruta que nos cocinó y sirvió Vicente. Tan variada que tuvo de todo. Subidas prolongadas en las que poner a prueba tu resistencia, sendas en las que hay que valorar el riesgo a cada pedrusco que pillas, bajadas llenas de curvas y de postre, una buena carrera en una cuesta asfaltada hasta llegar a Picassent en la que desentumecer el cuerpo de tantos brincos.

El tramo en el que se baja al Clot, pese a ser el más bonito del camino es prácticamente imposible hacerlo montado en la bici. Imprescindible bicicleta de montaña.