La revuelta al embalse de Benagéber

El pasado martes un pequeño reducto de El Perro Verde BTT formado por Rafa Folgado, Alicia, Juan Lozano y un servidor se fue a cumplir un reto bastante exigente. Algo más duro que una simple salida habitual del grupo. Darle la vuelta al embalse de Benagéber, recorriendo 75 kilómetros con un desnivel acumulado de más de 2000 metros. Que no engañe la costumbre: pese a estar todo el rato al lado de un río, se suben unas cuestas de impresión.

En el puente sobre el Turia
En el puente sobre el Turia

Una salida así es difícilmente abarcable si hubiésemos ido todo el grupo. Completamos la ruta con poco más de una hora de sol por delante y eso que el único contratiempo destacable fue la salida de cadena de Rafa. Con quince personas puedo llegar a imaginar roturas de cadena, pinchazos y diferencias de una hora entre el primero y el último en llegar. Afortunadamente todo salió a pedir de boca.

Nos pusimos en marcha nada más llegar a Tuéjar. Con la desagradable sensación de notar tu respiración congelarse en la braga del cuello salimos por la carretera del pantano, para tomar una pista forestal a los tres kilómetros. Subida contínua pero asequible, pero las cosas empezaron pronto a torcerse…

Pisteando
Pisteando

Ya nos avisó Juan: la primera cuesta era la única con el firme roto y con una pendiente que quitaba el hipo. Juan y Rafa salían escopetados mientras Alicia y yo nos quedamos muy, muy atrás. Eso desmoraliza a cualquiera. Hacía mucho frío, pero ya estábamos sudando como un gorrino y para colmo —esto ya es marca de la casa— había dormido unas tres horas.

Por fin llegamos a un pequeño replano. Estaba convencido de que la rueda delantera me frenaba porque no podía ser que me sintiera tan cansado. Al ajustar el freno la experiencia mejoró, pero no mucho, la verdad. Sólo habíamos hecho 15 kilómetros y en mi cabeza no dejaba de resonar la frase «una retirada a tiempo es una victoria». Si hubiese dado media vuelta serían 30 kilómetros, me metía a un bar, me bebía una taza de chocolate y me echaba una ligera cabezadita de cuatro o cinco horas hasta que volviesen los demás. Pero como dicen en los concursos de la tele, hemos venido a jugar.

Almorzando en la chopera
Almorzando en la chopera

La increíble bajada que tomamos a continuación, unido al frío tan tremendo hizo que se me congelase la cara. No podía gesticular, ni mucho menos articular palabra. Lo único que conseguía era mover la boca con movimientos dignos de una sala de rehabilitación, con el añadido de que se me caía la baba como a un tonto de ídem.

—Juan, ¿cuántas subidas quedan?
—Diez u once, depende de como las cuentes.
—Joder, no sé para qué cojones pregunto.

La ignorancia es la madre del optimismo

Al menos el almuerzo ya estaba al caer, en una preciosa chopera en la ribera del Turia. No veas la ilusión que hace saber que la cerveza que llevas en la mochila puede que esté a la misma temperatura a la que ha salido de la nevera. ¡Ojala pudiéramos haber dicho esto en Chiva!

Nos quedaban 55 kilómetros por delante. Más de lo que solemos hacer habitualmente los sábados. Las horas siguientes pasaron un poco como en la película de «atrapado en el tiempo». Los pasos son los siguientes:

  1. Estamos en en comienzo de una subida. Juan, gracias a su curradísima gráfica de altimetrías, nos dice: «La próxima es de un kilómetro y medio, al nueve por cien».
  2. Miro en el GPS que estamos en el kilómetro 41, por lo tanto la cima estará en el 42,5. Pongo el plato pequeño y el piñón grande. Hoy no estamos para tonterías.
  3. Comenzamos a subir. En un minuto perdemos de vista a Juan. Cada 200 metros doy el aviso de lo que queda para la cima. A los 400 metros Rafa se escapa. A los 600 Alicia me deja tambien atrás.
  4. Me quedo subiendo a solas, hipnotizado al ver el GPS cambiando los numeritos. Es la única manera de no pensar en la frase que rondará todo el día: «Con lo agusto que estaría durmiendo».
  5. Al llegar a la cima se hacen las fotos de rigor y se baja. Lo que has tardado una eternidad en subir se tarda un instante en bajar.
  6. Regresar al primer punto. Repetir doce veces.
La fuente de las abejas
La fuente de las abejas

Pero a veces pasan cosas que interrumpen la rutina, como el reto de llenar un bidón de agua en una fuente plagada de abejas. El secreto es el sigilo, los movimientos lentos y no cabrearlas, así que más vale no hablarles de fútbol, religión, política, ni sobre todo, de sacar el tema de comprarse bicis de dos mil euros para hacer vías verdes y carriles bici.

Al estar el embalse tan vacío las distancias eran engañosas. Parecía que quedaba mucho para llegar a la presa, pero en realidad no estábamos tan lejos. Al cruzar el minúsculo poblado del pantano, una exagerada subida hizo que Rafa necesitara poner el piñón más grande. Lo debió engranar con tanta ansia que la cadena se salió y quedó atrapada entre los radios y el cassette, y eso son palabras mayores. Sin una llave para quitar los piñones, lo único que queda es estirar, hacer palanca con un destornillador y rogar al cielo de no destrozar del todo la cadena en el intento.

Problemas mecánicos
Problemas mecánicos

Aquí me sentí como el portavoz del grupo mixto. Yo hablaba, pero nadie me hacía ni caso. «Tronchad la cadena que vais a romper el cambio», «el cambio se está doblando demasiado», «no vais a poder quitar la rueda si no tronchais antes la cadena…» Pues evidentemente, la cadena se tronchó tras medio quitar la rueda y estar a punto de joder el cambio. Pero pese a los cincuenta o sesenta «me cago en todo» de Rafa, conseguimos salir airosos de la situación. Motivos para cagarse en todo hubiera habido si Rafa estuviese solo, pero si vamos los cuatro juntos y encima al lado de un pueblo no hay problema.

Máquinas trabajando
Máquinas trabajando

Tras parar a comer emprendimos la bajada al pantano y luego la suave pero inacabable subida por asfalto al puerto de Mataparda. Tras coronar quedaban nueve vertiginosos kilómetros de bajada asfaltada donde poner al límite la capacidad de mi bici-tanque haciendo una media de 40 km/h con mi innata habilidad para trazar las curvas de la forma más torticera y peligrosa posible.

Para celebrar que habíamos conseguido llegar al pueblo enteros, nada mejor que tomar un café bien caliente. Aún quedaba un buen rato de coche, pero ya teníamos en el cuerpo la satisfacción de haber superado un magnífico reto.

Recuperándonos tras la ruta
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Las Moratillas: Cañas y Barro

Chat en la web picañera
Chat en la web picañera

Este sábado, la manada de El Perro Verde BTT se ha ido a un paraje conocido como Las Moratillas, muy cerca de Siete Aguas. Pero no lo ha hecho solo. El jueves detecté que habían enlazado la ruta desde la web de el club BTT Picanya para hacerla el mismo día y a la misma hora que nosotros. Al menos podrían haber dejado un comentario o algo —no cuesta nada— pero lo cierto es que tenía curiosidad por ver si al final venían.

Mientras llegábamos, adelantamos a un coche con varias bicis amarradas al maletero. Ahí estaban. Llevaban la equipación de su club. En un momento llegamos al lugar de encuentro. Una cosa está clara, ha llegado el invierno. Mientras nos abrigábamos tuvimos nuestra primera toma de contacto con los bikers de Picanya.

Los minutos pasaban y los picañeros decidieron salir, pero nosotros aún estábamos esperando a Javi y Paco Jorge, que no llegaban. Se equivocaron de salida en la autovía —lo próximo será programar el Tom Tom Go desde la web— pero en un momento pudieron comprobar el duro frío de la estepa moratillana. Bueno, para Vicente no fue un día frío, sino un perfecto día primaveral.

Les copains d'abord
Les copains d’abord

Por fin nos pusimos en marcha. El terreno estaba muy húmedo y pese a las previsiones, el cielo no apuntaba a que hiciese demasiado buen tiempo. Bastante suerte tendríamos si no acababa lloviendo, pero el suelo estaba ligeramente mojado y las ruedas se adherían cosa mala. Al menos, si el día despuntase la primera capa de tierra se secaría un poco.

Tras subir la primera cuesta que nos alejaba y aislaba de la autovía se abrió un paisaje totalmente distinto al que nos esperábamos. Pistas anchas y bien compactadas que atravesaban un colosal pinar. Nada más salir ya empezó a perderse parte del grupo, quedándose atrás Jorge y Alicia antes de recorrer los primeros dos kilómetros. Creo que por ahora es el record.

Con todos ustedes, su peor pesadilla
Con todos ustedes, su peor pesadilla

La primera gran bajada del día despertó todas mis alarmas. Como el barro estaba bastante compacto tuvimos la suerte de que las ruedas no se convirtieron en un surtidor de mierda, pero ni agarraban bien, ni frenaban, ni conseguían llevar la dirección con seguridad. Si nada más empezar ya está así el percal, ¿Cómo estará más adelante? Tuve la visión de gente acabando la ruta más rebozada de barro que el monstruo del pantano.

Al empezar a subir, las bicis no tiraban como era habitual. El roce de las cubiertas en la tierra húmeda lastraban mucho, pero el gran problema llegó en escasos minutos. Unos doscientos metros del camino se habían convertido en una especie de ciénago pantanoso. Las ruedas no sólo se hundían mucho más allá de la banda de rodadura, sino lo que es peor, el barro no se soltaba y se acumulaba en las vainas, los tirantes y la horquilla. Y suerte que todos llevábamos frenos de disco, que si no, el desastre podría haber sido aún peor.

¿Y cuándo dices que cambiaste los retenes?
¿Y cuándo dices que cambiaste los retenes?

En esas condiciones era imposible pedalear veinte metros seguidos. Lo mínimo que podía pasar era que se acumulase el barro en el cambio y acabara reventando. El desviador daba pena verlo… Y ojo con poner el pie en el suelo, porque se hundía hasta cubrir toda la suela.

Ni siquiera empujando la bici del manillar conseguíamos salir de aquel atolladero. A cada paso que dábamos nuestros pies recogían medio kilo de barro, y por mucho que intentásemos limpiar las cubiertas de barro, a cada media vuelta de rueda se ponían igual. Los pocos que intentaban seguir montados enseguida se dieron por vencidos. Acabamos saliendo con la bici al hombro. Afortunadamente no volvimos a entrar en ningún camino similar durante todo el día.

Mucha bicicleta doble, mucha horquilla de 150 milímetros y mucho cuadro de carbono, pero al final lo más necesario era tener un puñetero palo para quitar el barro de las calas y las cubiertas.

¡Un palo! ¡Un paloooo!
¡Un palo! ¡Un paloooo!

El grupo se fue estirando y se hacía la hora de almorzar. Así que decidimos parar a comer reagrupando en el campamento de Las Moratillas. ¿Todos? No, porque un pequeño grupo de irreductibles trialeros tiró hacia adelante y se pasó. Para llegar, necesitábamos atravesar una trialera terrible que acababa en una senda ya más agradable, en la que se podía poner la bici a una buena velocidad. A mitad de camino vimos una caseta metálica donde la gente dejaba escritos dentro. No lo ponía en ningún sitio, pero apuesto que es el buzón de quejas del metro de Valencia. Sólo así, obligando a hacer trialeras en bici de montaña para poder quejarse, se explica que esa inefable empresa saque más de ocho puntos en la última encuesta de satisfacción ciudadana.

Almorzando en una balsa
Almorzando en una balsa

En una pequeña balsa vacía, al sol, almorzamos Luis, Damián, Jorge y yo, comentando la música que podría poner Jorge en los vídeos. Mientras decidíamos si era mejor poner Joy Division (o Rajoy Dimision) llegaron los demás. Nos comentaron que Rafa se había caído de bruces contra el manillar, pero ahí estaba, más duro que un empaste de Hulk.

De nuevo en marcha, nuestra próxima meta era cruzar el río. Nadie se cayó al agua, así que no hay fotos para la historia, pero lo que sí que se quedó en el río fueron las fuerzas de Paco Jorge. Falto de entreno y reventado como estaba de pasar por todo el barro, las siguientes subidas las hizo andando. Como ya empezaba a hacerse tarde, el grupo se dividió definitivamente. Casi hora y media de ventaja nos sacaron los demás. Los que quedamos nos lo tomamos como un paseo campestre, sosegadamente pistero pero animado cuando al fin llegamos a una senda divertidísima, rota y llena de piedras, donde pude saborear el placer de adelantar a un Paco Jorge hechido de orgullo de bicicleta doble.

Voy cruzando el río...
Voy cruzando el río…

Mientras bajábamos andando una trialera en la que Javi se pegó una leche de impresión —afortunadamente sin consecuencias— pasó un momento de gloria, de esos que llaman ingenio de escalera. Paco, como no, empezó a hacer bromas sobre la bici de Damián, incluso llegando a decir que no se puede ir por la vida con bicis compradas en el Mercadona… El problema es que la bici no era de Damián, sino de Alicia. Lo cual me hace pensar que es bastante irónico que mientras la bici de José Vicente ha llegado a romper la cadena dos o tres veces en un mismo día, la de Jorge al cambiar haga un ruido más desagradable que rascar un plato con un tenedor, a Javi se le aflojó el manillar en mitad de una trialera, a Rafa se le atascó la cadena entre los radios y el cassette, a Damián el desviador le roza con la cadena, o a Adri se le desajuste el cambio a cada bache que pilla… ¡Luego las bicis malas son la de Alicia o la mía, que no nos han dejado tirados en la vida! Que yo sepa, todos hacemos el mismo recorrido.

Las bicis baratas no paran de dar problemas
Las bicis baratas no paran de dar problemas

Acabada la trialera, aún nos faltaba llegar al punto de partida por más pistas, que se hicieron más largas de lo imaginable. La lejana visión del totem de la gasolinera donde habíamos aparcado nos provocó más júbilo que la visión de América por Rodrigo de Triana hace más de quinientos años. Allí llegamos cuando ya sólo quedaban Ana y su novio, hartos de esperar. Y porque se iban en la furgo de Alicia, si no, ni eso.

¿Cómo es posible que no nos encontrásemos con los bikers de Picanya en ningún momento? Eso es otra pregunta que será contestada otro día.

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