Marcha de Marines 2018

La última vez que fui a una marcha BTT hará un par de años. Llegué el último a unos veinte minutos del penúltimo. Al entrar a meta me preguntaron si necesitaba ayuda médica. Con el brazo ensangrentado tras tropezar y apoyarme en un zarzal y consiguiendo mejores medias subiendo las cuestas que bajándolas. Me prometí no ir a ninguna marcha de montaña. Nunca. Jamás.

Y es que no nos engañemos, aunque de puertas para afuera diga que voy a disfrutar con mis compañeros y me da igual hacer el tiempo que sea, a la hora de la verdad en cuanto veo que puedo adelantar a alguien, lo adelanto sea amigo o no y no atiendo a razones. Me pico como un crío pese a saber que en los tramos técnicos voy a ser un estorbo y me frustra muchísimo comprobar como por mucho que me esfuerce, en realidad sobre una bici soy un muñón con patas. Que en realidad ya lo sé, pero una cosa es saberlo, y otra es que la realidad te lo restriegue por la cara. En situaciones competitivas me siento frustrado no cuando no gano —ganar sólo gana uno— sino cuando me esfuerzo mucho, me ilusiono y la tozuda realidad me demuestra que el esfuerzo ha sido en vano.

Y es que las marchas del circuito serranía me superan por todos los lados. Tanto en el aspecto físico, como sobre todo, en el técnico. Siempre he creído que los clubs organizadores compiten entre sí para ver quién lleva más gente al hospital. Sin embargo la marcha de Marines, perteneciente al circuito de Valencia, es distinta. Es una marcha rápida, técnicamente muy facilita y donde salvo en un par de puntos muy señalados donde hay que tomar precauciones e ir con calma, tu integridad física y tu dentadura no corren ningún peligro. Al ver que tantos amigos y compañeros se apuntaban, y al haber ido a la previa y darme cuenta que aún con mi escasa técnica iba a pasar las zonas de pedruscos con sorprendente solvencia, el viernes decidí apuntarme.

Mi reto personal, acabarla en menos de dos horas. Ni que fuera un minuto menos, pero al menos poder decir: «he cumplido mi propósito».

Nada más empezar la carrera los participantes están demasiado juntos. Puedes adelantar a alguien, pero al ir tan embutidos en el camino puede ser peligroso y las bicis no tienen retrovisor salvo excepciones 😃. Sin embargo, al poco tiempo los corredores se van distribuyendo y lo bueno de ésto es que, como la lógica indica, pasas todo el recorrido con gente que más o menos tiene tu nivel.

Además no es como en las pruebas complicadas en las que adelanto a gente en las subidas y tengo que parar y dejar que me adelanten en las zonas técnicas. Aquí más o menos todos estamos capacitados para pasar los caminos de piedra y losa, o las subidas empinadas pero sin escorrentías ni gravilla. Y por supuesto, bajar como locos en el camino de cemento entre naranjos.

A veces me pregunto cómo iría si llevara una bici doble de carbono con las mejores suspensiones, llantas y cubiertas que el dinero pudiese pagar, pero adelantar a alguien, o apretar los pedales y dejar atrás a gente súper equipada con tu bici rígida de aluminio a la que, en el colmo del globerismo, ni siquiera le quito el transportín cuando no me hace falta, me llena de una sensación absurda de vanidad mal entendida.

Cuando he visto el cronómetro al llegar a las casetas en ruina tras la única senda que, como a casi todos, se me ha resistido, he dicho: «Hoy sí. Antes de dos horas estoy en Marines». Pero mi fantasma ciclista más habitual, la pájara, estaba revoloteando sobre mi cabeza. En el primer avituallamiento sólo he tomado medio sandwich de Nocilla y un poco de agua, pero me ha hecho el papel. Nadie me ha adelantado en la zona del losar. He sorteado bien los caminos rápidos y me he creído mejor de lo que soy, así que en el segundo puesto de avituallamiento, en plan pro, he dicho: «No me hace falta». ¡Error! ¡Grandísimo error!

En el último tramo, que básicamente es llanear siguiendo un canal de riego cuesta abajo he reventado. La pájara me ha sobrevenido. Sin una puta barrita. Sin líquido con hidratos. Nada. Entre eso y el dolor tan tremendo en el culo que me ha entrado —es lo que tiene creerse un crack pegando ostiazos a una bici rígida sobre las piedras— me han entrado ganas de llorar. Veía en el GPS que podía llegar a Marines por los pelos, pero no. Ha empezado a adelantarme gente a capazos y para colmo, si ya soy malo trazando curvas, medio desfallecido soy peor que eso y debía frenar casi por completo.

He entrado a meta con dos horas y dos minutos. Dos putos minutos. Si hubiera entrado con tres minutos menos no hubiera sido una gran diferencia en mi escaso palmarés, pero hubiera sido una enorme diferencia en mi moral y una satisfacción personal tonta, pero coño, algo es algo. Por lo menos no ha sido como en la marcha de los cuatro puertos, donde dejé la bici apoyada y me tuve que dejar caer en el suelo del mareo que llevaba.

Sin dudarlo ni un momento, el día deja dos compañeros especialmente victoriosos. El primero es José Luis. Su sola presencia nos da ánimo para seguir adelante con la bici. Es la superación personificada. Que un hombre con su problema en la cadera se apunte a una marcha en la que lo queramos o no, la gente viene a dar lo que tiene y lo que no tiene, tomándoselo más en serio de lo que es —como los que esperan tres cuartos de hora en la línea de salida como si su vida fuera en ello— mientras él, a su ritmo supera todos los obstáculos con una sonrisa de oreja a oreja, aunque sea junto a la bici escoba me maravilla. No sólo es una proeza física. Le he acompañado los suficientes kilómetros como para saber que de vez en cuando, si la ruta es algo exigente, él tiene que parar no ya por cansancio, sino incluso por dolor. Es además una prueba de carácter. José Luis, eres único.

El segundo es Iván. No es que haya acabado la carrera en menos de dos horas, como él quería. La ha acabado en tan sólo una hora y cuarenta y nueve minutos. No sólo es haber cumplido su propósito con creces, sino que ha tardado media hora menos que año pasado. Media hora en una carrera tan rápida es muchísimo. Él es el ejemplo de que la constancia, el esfuerzo y la dedicación da resultados. Con más de treinta kilos menos, bici nueva y entrenando a cada rato que puede hacerlo, en un año parece otro. Quién sabe cuánto tiempo tardará en Marines 2019.

Por todo lo demás, un día genial. La compañía magnífica, como siempre. La organización se ha puesto las pilas y hoy ha habido bocadillos para todos. La única pega, lo espartano de los avituallamientos. Pero como para ponerse exquisitos en mitad de la nada viendo a la gente adelantarte. ¡Mucho azúcar y que se coma rápido!

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